El corregimiento de las diecisiete villas (fotografía: Jesús Pinedo)


Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA (foto: Jesús Pinedo)

domingo, 13 de junio de 2021

DE NUEVO, LOS MELGAREJO

 




En la mitad de la centuria del quinientos, los gobiernos municipales estaban cayendo en manos de oligarquías cerradas. No es que antes fueran ayuntamientos abiertos, pero ahora el poder local era pretendido ser monopolizado por algún apellido afortunado. Era el caso de Castillo de Garcimuñoz, donde Francisco Melgarejo quería hacer valer su fortuna, estimada en cincuenta mil ducados, para controlar el poder municipal. El clan Melgarejo pasaba por ser uno de los más ricos de toda la comarca, además del citado Francisco, su madre poseía una fortuna de veinte mil ducados, y los hermanos Diego y Valeriano de ocho a diez mil cada uno. Claro que una cosa era la ambición de los Melgarejo y otra la realidad de unas enemistades y odios soterrados, que afloraban tan pronto como esa ambición despuntaba. Si las ambiciones de los Melgarejo para hacerse con el señorío de Valera de Yuso tuvo que ceder ante la rama sanclementina de los Castillo, el intento de ver reconocida su posición económica con el reconocimiento social en su pueblo, Castillo de Garcumuñoz, chocó con la oposición de las familias de la villa, que enseguida recordaron la ascendencia judía de la familia.

Fue en febrero de 1569, cuando siguiendo la tradición de los libelos, que por lo que vemos eran más comunes de lo que se pueda pensar, y así lo reconocía nuestro testigo Pedro de Liébana, cuando al ayuntamiento del Castillo de Garcimuñoz llegó una carta cerrada desde la Corte con graves injurias contra Francisco Melgarejo y su familia:

que se extendió tanto la malicia en la dicha villa que puede aver ocho o nueve días poco más o menos tiempo que echaron una carta cerrada e sellada con un sobre escripto para el ayuntamiento de la dicha villa del Castillo con dos reales de porte, la qual echaron en los poyos plaços de la audiencia de la dicha villa que es el más público lugar de la dicha villa la qual carta venía  enviada como de la corte de su magestad e se dize públicamente en la dicha villa que lo que la carta conthenía eran muchas ynjurias contra los dichos melgarejos e otras personas de la dicha villa que según dizen los que avían oydo leer hera que dezían que los dichos melgarejos el dicho Francisco Melgarejo e los demás de sus debdos thenían más de conversos e judíos que de hidalgos”

Aunque la carta iba cerrada, hubo quién, cuyo nombre delataremos después, tuvo la idea de llevarla a la iglesia del convento de San Agustín, donde se leyó, ni más ni menos que cuatro veces, ante una gran concurrencia de vecinos, que se encargaron por el boca a boca de propagarla por todos los pueblos de la comarca. O eso decía algún testigo, confundiendo la rumorología con la verdad, pues la lectura había sido más restringida y la el escaso celo en guardar el secreto la causa de su divulgación.

El licenciado Melgarejo había ido a la Corte, dos meses antes, a traer una provisión real que facultaba a los hidalgos para entrar en los oficios concejiles de la villa. La vuelta con la provisión sentó mal en el pueblo, con improvisadas juntas de vecinos, murmuraciones y apelaciones a poner en conocimiento del marqués de Villena la alteración de la elección de los oficios concejiles. El sacristán Alonso de Villarreal la vio y entregó al escribano de Castillo de Garcimuñoz, Alonso Calero, acabando la carta en manos del alcalde Ambrosio de Alarcón, quien es de suponer que tenía pocas simpatías a los Melgarejo, pues fue él quien la divulgó. Las acusaciones de la carta eran tan comunes como reales en la época; la ascendencia judía disimulada y el soborno de testigos para conseguir ejecutorias de hidalguía eran prácticas habituales, no era tan común atreverse a propagar públicamente estas verdades. El caso es que todos decían haber jurado para no contar las “cosas malas” que decía la carta, pero todo el mundo conocía el texto. Ambrosio Alarcón reunió en el claustro del convento de San Agustín a varios vecinos del pueblo para leer la carta, bajo juramento de no desvelar su contenido: el bachiller Valenzuela, alcalde ordinario, Felipe de Guadarrama, escribano, Alonso de Piñán, regidor, Miguel de Portilla, teniente de alguacil, y fray Cristóbal de Caballón, prior del convento de San Agustín. La lectura de la carta en lugar sagrado era intencionada, de l mismo modo que la lectura bajo juramento de no divulgarla en el ayuntamiento, lugar público.

La vida social de Castillo de Garcimuñoz transcurría a mediados del siglo XVI en torno a sus edificios emblemáticos, pero el castillo parecía ajeno. Los hombres se reunían en el claustro del convento de San Agustín o a la entrada de la iglesia de San Juan, aunque el lugar predilecto de sociabilidad era la plaza pública, donde residía el ayuntamiento. Allí, sus dos alcaldes impartían justicia en una sala que se abría a la plaza, separada únicamente del exterior por una verja y dotada de una puerta para el acceso. En el interior de la sala, llamada portal por los vecinos, estaban los llamados “poyos plazos”, unos asientos de madera, donde se celebraba la audiencia de los juicios ante el alcalde ordinario y el escribano.  Desde esta sala se subía por unas escaleras a un corredor superior, que daba a una sala donde se reunía el concejo de la villa en reunión ordinaria todos los viernes, amén de las sesiones extraordinarias; no faltaba un archivo dotado con cajones para guardar los privilegios y actas de la villa y, en la sala de reuniones, un brasero, donde se solían quemar las cartas y papeles más comprometidos. El ayuntamiento contaba con un reloj mecánico que marcaba los tiempos de la vida del pueblo y al que cada mañana Alonso de Villarreal, que compaginaba el oficio de sacristán con el de portero del ayuntamiento, controlaba su correcto funcionamiento, adobaba y regía, se decía. Alonso se daba por cargo el regir el reloj, orgullo del pueblo, y cada mañana acudía al ayuntamiento con su llave para esta misión.

El caso es que Francisco Melgarejo fue cerrando el círculo para arrinconar a sus enemigos. Logró ante el gobernador Hernández de Cuéllar la prisión de Alonso Villarreal que encontró la carta, la de Gonzalo y Jerónimo Inestrosa, padre e hijo, que habían depositado la carta la noche de antes y que, caso de Gonzalo, se enfrentó a espadazos con Francisco Melgarejo, eran suegro y yerno, en el corredor de la primera planta del ayuntamiento, aunque la cosa parece que no llegó a más, quizás por la superioridad de los Inestrosa, apoyados por un negro, propiedad de la familia. Gonzalo de Inestrosa era de la opinión, anterior al libelo, que la concesión de la mitad de los oficios a los hidalgos era contraria a la nobleza de la villa, en tanto entraban en los cargos concejiles personas de dudosa reputación, en expresa mención a los Melgarejo. Las acusaciones de Francisco Melgarejo iban directas contra su suegro Gonzalo de Inestrosa, presentando incluso manuscrito del mismo para cotejar con la letra de la carta que ni aparecía ni nadie desvelaba su paradero. La realidad era que todos querían zanjar el asunto ante un indignado Francisco Melgarejo que pedía la pena de muerte para los difamadores. Pero los hombres más respetados del pueblo, como el regidor e hidalgo Alonso Piñán y Salazar, el regidor Juan de Liébana, el alcalde Valenzuela o el licenciado y médico Núñez guardaban silencio. Curiosamente tanto Inestrosa como Melgarejo eran hidalgos, aunque estos últimos habían conseguido la ejecutoria hacía poco. Teóricamente una provisión de reserva de la mitad de los oficios debía beneficiar a ambos, pero la realidad es que los Inestrosa veían la presencia de los Melgarejo como una intromisión. Es posible que lo que se estaba poniendo en cuestión era el régimen de lo veinticuatro establecido en 1493, aunque por los nombres que nos aparecen este régimen de gobierno, fundado en el fuero de Sevilla, estaba muy adulterado, de la reserva de las viejas familias a los oficios, se había pasado a la presencia de muchos advenedizos, y los Melgarejo, sin ser tales, eran los más peligrosos.

Los Melgarejo, se decía en Castillo de Garcimuñoz, que tanto tenían de conversos como de hidalgos. Y es que en el pueblo nadie quería remover viejos asuntos turbios de sangre, en los que todos tenían algo que temer, en expresión de un exculpatorio testigo “a los Melgarejo no les tocaba de sangre judía sino el cabo de las agujetas”. En tanto unos se empeñaban en tapar, otros propagaban a los cuatro vientos. La carta en posesión de Ambrosio Alarcón era tal cerilla junto a barril de pólvora, pues el alcalde la leía y releía por las calles del Castillo de Garcimuñoz. Y es que Ambrosio de Alarcón no daba descanso a los Melgarejo. El veintiocho de febrero de 1569, diez días después de la primera carta, Ambrosio interrumpió en plena misa, en el convento de San Agustín, al hombre del marqués de Villena en el Castillo, el gobernador Hernández de Cuéllar: otra carta había aparecido tras la verja de la sala de audiencias del ayuntamiento. El gobernador no dudó, mandando quemar la carta sin abrirla, pero la curiosidad de los presentes, Ambrosio Alarcón, el regidor Piñán y el escribano Calero pudo más; no había lumbre a esas horas y poco costaba leer el escrito, pero esta vez la carta estaba en blanco, pues se trataba de una broma de mal gusto. En blanco o no, daba igual. En Castillo de Garcimuñoz era imposible guardar los secretos, a la noticia de la nueva carta habían acudido varios vecinos del pueblo enterados de la súbita aparición y como cada cual entendía lo que quería entender nuevos rumores se extendieron por el pueblo. La rumorología en Castillo de Garcimuñoz tenía como lugares de propagación los edificios religiosos. El gobernador Cuéllar desconfiaba del fervor religiosos de las autoridades; los principales sospechosos de la autoría de la carta habían sido vistos el dieciocho de febrero en la iglesia de San Juan, la claustra del convento de San Agustín, la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción y el cementerio anejo a esta última iglesia. Incluso Gonzalo de Inestrosa decía haber recibido las primeras noticias de la carta por su mujer, presente en la iglesia de San Juan, oyendo misa.

Mientras unos jugaban a juegos peligrosos, Gonzalo de Inestrosa trataba de erigirse en defensor del buen gobierno de Castillo de Garcimuñoz, reconviniendo a su yerno Francisco Melgarejo, para que no alterase los oficios concejiles de la villa: “porque era poner a fuego a esta república y destruir las conciencias de ella y hacer año en las haciendas”. Junto al prior de San Agustín, Pedro de Arboleda y el licenciado Meléndez intentaban sosegar la república. Viejos conceptos de hombres viejos, en las antípodas de nuevas generaciones que veían el poder y la riqueza un fin en sí mismos. Mientras Melgarejo estaba para pocos compromisos, habiendo conseguido la cárcel de Gonzalo de Inestrosa y su hijo Jerónimo, primero en la sala del ayuntamiento y luego en casa de Catalina Tapia, aunque su pretensión era meter a su suegro en la cárcel pública. Si era el mentor ideológico de los opositores a sus ansias de dominar la república de Castillo de Garcimuñoz poco importaba que fuera o no el autor material de los hechos, era culpable.

 

AGS, CRC, LEG. 215-3

domingo, 16 de mayo de 2021

Las cañadas de El Provencio

 En la persona del conde de Buendía, de la familia Acuña, recaía el cargo de alcalde mayor de mestas y cañadas, aunque ejercía su oficio con seis lugartenientes. Estos alcaldes entregadores tenían entre sus competencias:

  • ·        Atender las querellas y demandas de los pastores, bastando la probanza o juramento de dos de ellos
  • ·        Imponer penas a aquellos que labraren u ocuparen las cañadas, veredas, abrevaderos, pastos y ejidos de la Mesta
  • ·        Guardar la medida de las cañadas, que han de ser seis sogas de cuerda, de cuarenta y cinco palmos de marca la soga
  • ·        Entender las querellas entre pastores
  • ·        Cumplir los privilegios y sus confirmaciones del Concejo de la Mesta
  • ·        Haber información de los montadgos, castillerías, borras, rodas, asaduras, peajes, barcajes, pontajes y otros derechos pertenecientes que llevaren o pidieren a los pastores y sus ganados
  • ·        Imponer penas: por herir a un pastor, trescientos maravedíes; por cada media fanega ocupada, quinientos maravedíes; por quebrantar hato, trescientos maravedíes; por tomar morueco trescientos maravedíes; por tomar oveja o carnero encencerrados, trescientos maravedíes. Los alcaldes entregadores se llevaban la mitad de estas penas, otro cuarto iba para el alcalde ordinario, o acompañado en el pleito, y el segundo cuarto para el Concejo de la Mesta.
  • ·        Traer en las ciudades, villas y lugares varas de justicia y portar armas, andando y entendiendo en el dicho oficio de mestas y cañadas.
  • ·        Les den posadas que no sean mesones por sus dineros.
  • ·        Les den hombres y bestias para llevar presos y ponerlos en cárcel pública
  • ·        Obligación a que escribano público les acompañe en sus pesquisas
  • ·        No lleven los mostrencos ni mesteñas, que queden para el Concejo
  • ·        Obligación de ejercer el cargo por sí mismos, sin sustitutos
  • ·        Asignación por el concejo de la Mesta a cada uno de los seis alcaldes entregadores las provincias y cañadas para ejercer el oficio

En 1567, se asigna al alcalde entregador Luis Ortiz el partido de Cuenca que comprende: primeramente, Cuenca, sus señoríos, la Mancha y lo reducido del marquesado de Villena. Murcia y Cartagena, que se entiende las villas y lugares de la sierra aquel cabo y Lorca con Moratalla y Moratalla, Socuéllamos con todos sus términos.

 

En 1567, se presenta demanda contra Eugenio de Adrada por haber sembrado media fanega de viña en la cañada y vereda de Santa Catalina. La plantación de viñas en esta cañada se remontaba a más de cien años atrás, según los perjudicados. Allí también poseía una viña Andrés Peláez plantada hacía más de cincuenta años. Se discutía si la cañada de Santa Catalina que bajaba hasta El Provencio era recorrida o no por los ganados serranos, o vereda para los servicios de los ganados de la dicha villa que venían por ese camino hasta el pueblo a esquilar y aunque se reconocía que alguna vez habían pasado por la vereda ganados serranos con destino a los extremos, ahora era poco transitada por los mismos. Eran dos casos diferentes, sobre los que el alcalde entregador determinó de forma diferente: respeto de las viñas antiguas, pero sentenciando en contra de las plantadas a comienzos de siglo. Era evidente que el desarrollo de los viñedos había expulsado de esta ruta a los ganados.

 

En la cañada de San Cristóbal, en la mojonera con Alcaraz también surgían los conflictos: “que hera cañada y vereda rreal y muy antigua para los ganados de los hermanos del concejo de la mesta de la dicha villa del Provencio y algunas veces para los serranos que venían de los estremos a las sierras a pasar y salir al puerto que dicen de Socuéllamos donde nos pagan servicio y venían a pasar el dicho puerto de Socuéllamos los dichos ganados por la dicha cañada y vereda y veredilla que decían de San Cristóbal en tiempo de aguas porque por la cañada que decían de la mojonera de Alcaraz donde los dichos serranos tienen por más cosaria cañada no podían por ella pasar en el dicho tiempo sino hera por la dicha cañada de San Cristóbal por yntercesión que avía un puente en ella por donde pasaban los dichos ganados y por la cañada que decían mojonera de Socuéllamos a un rrío que se decía Záncara por donde los dichos serranos yban y en la dicha cañada no avía puente y por esta causa los dichos ganados serranos venían a pasar la dicha cañada que decían Sant Cristóbal y avían visto que para los dichos ganados hera cañada rreal y vereda muy antigua”.

 

La cañada de San Cristóbal estaba rompida en 1567 con campos de siembra y alguna viña por labradores como Gil López, Ginés Esteban, Francisco López, Francisco Perona, Bartolomé López el viejo, Pedro Sanz de Grimaldos, Juan López de Grimaldos, Pascual Carrasco, Cristóbal Sánchez de las Casas, Francisco Romero, Juan López de Medina, Mateo Medina, Diego de Poveda, Pedro Catalán, Hernán Sanz de Haro, Bartolomé López. Clemén Sanz, al igual que Pascual Sancho de don Sancho y otros, tenía sembrado un campo de nabos en la cañada llamada de Las Pedroñeras y Miguel Díaz el viejo, Pedro Porras, Pedro Sánchez de la Mota, Alonso Hernández de Titos, la viuda de Alonso del Provencio, Pedro Hernández, Francisca Romera, Hernando de Jérez, Andrés Ruiz y Diego López Pérez sendos campos de cebada. En la cañada de San Roque, un paraje a la salida del pueblo en la cañada de Santa Catalina, el que rompía tierras era Miguel Sanciller.

La rotura de las cañadas se hacía con la labranza de pequeñas hazas de tierra de menos de media fanega de extensión, cultivadas de cereal y, en menor medida, de vid. El cultivo de nabos, muy extendido en la cañada que iba a Las Pedroñeras, alternaba con los barbechos en el año de descanso de las tierras de pana llevar. La extensión de estas hazas o majuelos, todas inferiores a la mencionada fanega, no lleva a pensar en la posibilidad de un repartimiento de tierras previas entre vecinos. De hecho, el concejo de El Provencio no aceptaría los autos del alcalde entregador y los apelaría ante la Chancillería de Granada. La apelación del concejo de El Provencio tenía su sentido en el contexto de la política del Reino. Felipe II había decidido asumir para la Corona el oficio de alcalde mayor entregador cedido en su tiempo al conde de Buendía, en palabras de la propia provisión real de 15 de agosto de 1568, por la actuación siniestra y sin experiencia de los seis alcaldes entregadores que nombraba. En el fondo del asunto, estaba el rompimiento de tierras en los pueblos para hacer frente a la presión demográfica. El Provencio era un caso más. Ese mismo mes de agosto, la Mesta celebraba una asamblea de hermanos en Ayllón, encomendando para el partido de Cuenca, un nuevo alcalde entregador, el doctor León, para revisar las sentencias dadas por su predecesor. Los intereses de la villa de El Provencio serían defendidos por su síndico Andrés Hernández.

 

El alcalde mayor Pedro León procedió a un nuevo deslinde de las cañadas:

·        La dicha cañada e vereda que dicen de San Roque se mida desde la senda que va a Santa Catalina que está junto al majuelo de Alonso García e de allí adelante como va a Santa Catalina se mida por las noventa varas que su magestad manda que aya de cañada e desde allí a la dicha villa del Provencio mando que quede por acogida e se guarde ansí como al presente está  e que los señores de las viñas que tienen en la dicha acogida las cierren

·        La vereda que dizen de las Pedroñeras, que no es vereda de serranos sino vereda del lugar e por ella no pasavan ganados que fuesen de cañada, se guarde ansí como al presente está sin que esté más ancha ni angosta pues está como antiguamente solía estar que es como está al presente agora syn que en ella aya otra medida ny marco real pues no es cañada de las que su magestad manda aya noventa varas.

·        En la dicha vereda que dicen de San Cristóbal desde la mesma hermita adelante que está entre villas se esté como al presente está sin más anchura porque antiguamente no estaba más ancha y es muy poca distancia de tierra e salen luego los ganados estendidos en esta cañada real cosaria más de en tiempo de aguas e necesidad que acostumbran algunas veces pasar ganados serranos e desde la dicha hermita de San Cristóbal viniendo para esta villa no embargante que no sea cañada real por pertenecer costumbre los dichos ganados serranos de por ella pasar mandábase a la dicha acogida de cinco cuerdas que son setenta y cinco varas conforme a la concordia que entre el procurador del concejo de la Mesta y de esta villa a avido e que los señores de las tierras sean obligados a dexar el un año de la una parte las dichas setenta y cinco varas

La Chancillería de Granada daría por buenos estos apeos el 29 de diciembre de 1571. La ejecutoria será de 8 de enero de 1572

 

AHN, DIVERSOS-MESTA,166, N.2. Provencio (Cuenca). Ejecutoria contra la villa de Provencio sobre roturas en la cañada.


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domingo, 9 de mayo de 2021

Las concesiones del Emperador Carlos a la Cuenca comunera

 Concesiones del Cardenal de Tortosa, Adriano de Utrecht a la ciudad de Cuenca


1.- Concesión de un mercado franco los jueves:


"que agora e de aquí adelante quanto nuestra voluntad e merçed fuere se haga en esa dicha çibdad un mercado el día del jueves de cada semana para que todas las personas que a él vinieren sean francos de alcauala de todos los mantenimientos que a la dicha çibdad truxieren y en ella se vendieren o conpraren e contrataren el dicho día jueves de cada semana" (1 de diciembre de 1520)


2.- Concesión de once jurados, uno por collación


"vos damos liçençia e facultad para que de aquí adelante en quanto nuestra merçed e voluntad fuere cada una de las colaçiones desa dicha çibdad pueda llegar e nonbrar un jurado para que esté en el rregimiento de la dicha çibdad e esté presente a todo lo que en ella se hiziere e platicare con tanto que no tenga voz no voto, pero mandamos que si alguna cosa se hiziere en el dicho rregimiento de que a los dichos jurados o qualquier dellos paresca que la dicha çibdad e su tierra rreçiben agrauio que lo puedan contradezir e tomen por testimonio syn contradiçión ante escriuano del conçejo desa dicha çibdd el qual se lo aya de dar o dé para que nos puedan hazer saber lo que asy se oviere fecho o sy fuere en perjuiçio de la dicha çibdad lo mandemos rremediar" (Medina de Rioseco, 27 de noviembre de 1520)


Se pide, el 13 de abril de 1521, al teniente de corregidor licenciado Palencia se saque un traslado ante escribano de estas dos provisiones, pues se van a llevar a la corte para confirmar y se teme se puedan perder. Poco después le concejo de Cuenca ordenará la retira de sus cuatro procuradores en la Santa Junta, que salvo Alcocer, vuelven ese mismo mes o comienzos de enero a la ciudad. El traslado de las dos cartas va a acompañado de una misiva al emperador Carlos para que las confirme, al tiempo que pide se castigue a Rodrigo Manrique por su intento de tomar la ciudad el 18 de octubre de 1520. Ambas peticiones habían sido citadas como causa de deservicio a la Corona en el perdón de los gobernadores a la ciudad  13 de marzo de 1521.

Evidentemente detrás de estas misivas está Luis Carrillo, que ha intentado mantener un equilibrio con los comuneros de la ciudad con estas concesiones que ahora se ven peligrar. Con fecha de 13 de abril de 1521, también, Luis Carrillo de Albornoz escribía una carta personal al Emperador para que se concediesen dos escribanías que había quedado vacante en Motril y Salobreña la una y en Almuñecar la otra. Lo curioso es cómo Carrillo se presenta en un lenguaje enrevesado como un fiel servidor del emperador: "haunque mis serviçios no lo merescan tenga memoria dello" o "que nadie pienso me haze ventaja de quantos serbydores tiene vuestra majestad". Si a estas alturas el compromiso parece imposible con viejos enemigos como Rodrigo Manrique, se busca compromisos con viejos enemigos como el regidor Andrés Valdés, desterrado en agosto de la ciudad por los comuneros, que manda una carta ese 13 de abril al emperador para ver reconocidos sus servicios. Luis Carrillo se ha garantizado el apoyo del corregidor Rodrigo de Cárdenas unos días antes, que en carta de 4 de abril abogará por él, presentándolo como "para la paçificaçión desta provinçia  de todo esto es mucha cabsa Luys Carryllo de Albornos". Previamente la ciudad de Cuenca ha decidido mandar en favor del prior de San Juan gente de guerra y artillería, como  ya lo ha hecho anteriormente en apoyo del marqués de Moya.


Archivo General de Simancas, PTR,LEG,1,84

Breve referencia a Cuenca en la guerra de las Comunidades

 Por carta de 3 de septiembre de 1520, Fernando de Cabrera y Bobadilla, I Conde de Chinchón, e hijo segundón de Andrés Cabrera, marqués de Moya pedía refuerzos para controlar la situación en sus estados. Entre sus haberes el control de Almoguera para el bando realista y una cita a las tierras de Cuenca y Huete:

"más aún fueron causa que Cuenca e Huete y toda la comarca se rreduziese y allí veníamos todos los servidores de su magestad a cobrar ayuda y favor"


Archivo General de Simancas, PTR,LEG,1,49

viernes, 7 de mayo de 2021

Las Comunidades de Castilla en Valera de Yuso

 Francisco Bazán era señor de Valera de Yuso*, el 27 de septiembre de 1520 se hallaba en Honrubia, un lugar dependiente de la villa de Alarcón, acogido por aliados y amigos, después de escapar de su villa tras el alzamiento de los vecinos de su pueblo contra su jurisdicción y señorío y despojar sus propiedades y bienes. Según la confesión del propio interesado en un memorial a un procurador que enviaba a la Santa Junta, ni más ni menos, pidiendo justicia, y que recogió hace ya tiempo Gutiérrez Nieto(1), los sublevados, sus vasallos, le habían echado de su pueblo, en una rebelión armada en la que se habían apropiado del grano de sus cámaras y molinos del vino de sus tinajas y de cualquier cosa de valor de su casa, apropiándose de más de ciento cincuenta corazas y coseletes, ballestas, escopetas y otras armas.

El humillado señor pedía recuperar pues sus bienes y señorío, amparándose en la Ley de Valladolid. La primera reivindicación de sus vasallos era liberarse del yugo señorial y ser de realengo.

"que un día del mes de setienbre próximo pasado deste presente año los veçinos de la dicha villa de Valera vasallos del dicho don Françisco por fuerça con armas se alçaron con la dicha villa diziendo querían ser rrealengos e se dieron a la çibdad e comunidad de Cuenca y le tienen despojado de su posesión"

 Reivindicación que han querido ver historiadores como Diago motivo de equívoco en la actitud de los propios comuneros de la ciudad de Cuenca de recuperar para la ciudad viejas aldeas en condición de señorío. Por los testigos que nos aparecen en la escritura de Honrubia hemos de presuponer que Francisco Bazán fue a refugiarse en casa de Diego de Origüela, un viejo criado de los Pacheco y de Hernando del Castillo, alcaide de Alarcón. La defensa de su causa la llevarían a Tordesillas Diego de Origüela y Alonso de Alcocer, que acompañaron a Cristóbal de Torrijos, procurador de Francisco Bazán.

Cristóbal Torrijos, vecino de Castillo de Garcimuñoz, llevó el memorial de agravios y la carta que le otorgaba el poder de Francisco Bazán ante la Reina Juana y la Santa Junta, que por entonces residía en Tordesillas, un ocho de octubre. No se lo pensó mucho la Junta, que sin duda veía con desagrado estas rebeliones antiseñoriales y que el nueve de octubre de 1520 contestó con un escueto "que se verá", para añadir a continuación "que se comunique con los procuradores de Cuenca", una apelación que era invitación peligrosa a la ciudad de Cuenca a entender en los asuntos de una aldea que hacía tiempo se movía en la política del marquesado de Villena y alejada de los intereses de la Tierra de Cuenca a cuyo suelo pertenecía.

Los procuradores de Cuenca ante la Santa Junta, Juan de Guzmán y Juan de Olivares, responderían con una dura carta desde Tordesillas el 10 de octubre negando todo derecho o razón a Francisco Bazán, pero sobre todo declararon intencionadamente la pertenencia de Valera de Yuso a la tierra de Cuenca y al realengo, haciendo suya la aspiración de sus habitantes de volver a la Corona: 

"que la dicha Valera de Yuso es de la dicha çibdad de Cuenca y de vuestra Corona rreal"

Por boca de su procurador se defendería don Francisco de Bazán, que el 16 de octubre pidió amparo para la restitución de su señorío en el plazo de tres días según la Ley de Valladolid. Acusó a los procuradores de Cuenca de connivencia con sus vasallos sublevados, pues " es un mismo dicho e rrazón". La insistencia de Francisco Bazán en buscar una solución rápida al conflicto chocaba con los intentos de los dos procuradores conquenses de alargar el contencioso en el tiempo, se beneficiaban de la situación sobre terreno mientras intentaban hacerse con los papeles que mostraran la cesión de Valera de Yuso a Alonso Sánchez de Inestrosa como una usurpación en tiempos de Enrique IV. No olvidemos que el comendador Alonso Sánchez de Inestrosa tuvo que ser perdonado por Isabel la Católica tras la primera fase de la guerra de Sucesión castellana para recuperar la villa de Valera.

Don Francisco Bazán fracasaría en su intento de una pronta devolución de Valera, pues el 22 de octubre, los diputados de la Junta emplazarían a la ciudad de Cuenca y a los vecinos de Valera para exponer sus razones. Los intentos nuevos de Francisco Bazán para que fueran escuchadas sus pretensiones con un nuevo juicio de calumnia de testigos fue desechada por los diputados comuneros de Tordesillas. Don Francisco Bazán debió esperar mejores tiempos, mientras que pueblos del sur de Cuenca como Albaldejo del Cuende, Altarejos u Olmeda se alzaban contra sus señores, viejos herederos de los criados del marqués de Villena.


*Francisco de Bazán era alcaide de Requena y señor de Valera de Yuso, casado con Elvira de Inestrosa, hija del comendador Alonso Sánchez de Inestrosa, señor de la villa. Los derechos de Elvira sobre la villa serían cedidos a su sobrino Melchor Carrillo, hijo de su hermana Constanza

(1) GUTIÉRREZ NIETO, Juan Ignacio: Las comunidades como movimiento antiseñorial. Planeta, Barcelona, 1973, pp. 188-189

(2) DIAGO, Máximo: "El movimiento comunero en Cuenca y su provincia" en Castilla en llamas, la Mancha comunera, coordinado por Miguel F. Gómez Vozmediano, Ed. Almud, 2008

Archivo General de Simancas, PTR,LEG,6,24

Una reflexión sobre el quehacer histórico

 Decía el gran historiador Michelet que "casi siempre los que suben, se pierden, puesto que se transforman, se tornan híbridos, bastardos, pierden la originalidad de su clase, sin ganar la de la otra. Lo difícil no es subir sino, al hacerlo, seguir siendo uno mismo". Es dicho que siempre he aplicado a los demás más que a uno mismo, pues fiel he seguido a mi ubicación en los infiernos, más en el papel de condenado que de diablo.

Es ese rechazo a la hibridez y bastardía lo que constituye un principio de vida y un referente intelectual de mi pensamiento. El rechazo a aquellos que de la oportunidad y la fortuna hacen las atalayas para juzgar a los demás y discernir en las conductas ajenas el bien del mal.
Recuperar la Historia es para muchos el traslado de las categorías actuales al pasado y no traer la memoria olvidada al presente. Leer y releer los innumerables legajos del pasado, con el peligro de pasarlos por el filtro de los conceptos previos que anidan en nuestra mente, cuando no simplemente por el tamiz de nuestras experiencias personales, para interpretarlos. Obviando el mensaje y vivencias de aquellos hombres de hace quinientos años. Y en la medida que se divulgan, el inevitable choque con los intereses mezquinos e inmediatos del presente. Es difícil mantener el equilibrio entre la necesidad del trabajo solitario de investigación y la no menos necesaria simplificación de la divulgación. Sin embargo, andar en medio de los desiertos como Caín desterrado es la mejor seña de identidad, aunque sea grabada en la frente, de la libertad personal y condición previa de toda creación personal.
Es trasladarse a la mente de los hombres de hace quinientos años, inmersos, como todos, entre el azar y la necesidad, para intentar comprender los éxitos y fracasos de vivencias personales y experiencias colectivas. No sé si he sido capaz de trasladar el enorme impulso de los hombres del quinientos, hacedores de un nuevo mundo en las tierras del suelo de Alarcón, pero, desde luego, mis dificultades aumentan para explicar en esta nueva andadura cómo las miserias de lo espurio se impusieron una vez más.
No obstante, el camino ha de ser el mismo: el estrangulamiento del espíritu de libertad es más fuerte cuando el mérito y la creatividad triunfan y arrollan los legados hieráticos del presente. Sí, legados del presente y cadenas que intentan imponer los que habitan las vacías torres de marfil, pues el pasado es vieja herencia de hombres que ven en el horizonte no fronteras sino oportunidades de nuevos espacios y en la tierra que huellan no baluartes encastillados sino alcores desde los que nacen nuevos sueños de aprehender lo ignoto.

domingo, 2 de mayo de 2021

El cohecho como norma de gobierno: Iniesta, 1560

 



Era el año 1560 y el regidor iniestense Francisco Lorca andaba preso en la cárcel. Su delito, añadir unas cuantas "eses" a una provisión real. La acusación había partido de los hermanos  Atienza y otros vecinos contra los regidores del ayuntamiento. Se acusaba especialmente a Francisco de Lorca y a Alonso López de falsedad documental al haber adulterado el texto de una ejecutoria para quedarse con una mayor parte de las rentas

"atento que presenta la carta executoria e husaron della en fabor de los dichos justicias en regidores de la dicha villa se prueba que consta estar añadidas las dichas letras como por ella consta que piden de sus arrendamientos pidiendo la renta de don Juan Manuel juntamente con la del refitor de la meytad della y en la primera carta dize de su arrendamiento e se prueba por otra letra e tinta".

La condena contra los regidores perpetuos Francisco Lorca y Alonso López, dictada por el alcalde mayor Estrada en mayo de 1560, fue fulminante, dos años de destierro y diez mil maravedíes para la cámara de su majestad. Apenas si había pasado dos años del cohecho.

La denuncia contra los regidores había nacido de los hermanos Cristóbal y Alonso Iniesta, que habían visto embargado el pan de su cosecha por negarse a pagar las fraudulentas rentas. La condena de Francisco Lorca fue sentida por el concejo de Iniesta como propia, haciendo causa común con el regidor y llevando el caso a la Chancillería de Granada. Al ser emplazado Alonso de Iniesta por la Chancillería de Granada y citado a presentarse en el plazo de quince días en Granada, después de una primera notificación infructuosa por hallarse en Valencia, este alegó sabiamente que los delitos los cometían las personas no las instituciones, pues el había denunciado a particulares no a concejos



Fuente: ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA, PLEITOS, 5396-5. PLEITO ENTRE LA JUSTICIA Y REGIMIENTO DE LA VILLA DE INIESTA, CON VECINOS DE DICHA VILLA, SOBRE ARRENDAMIENTO DEL PAN

Ayuntamiento de 1558

Alcaldes ordinarios: Pedro de la Jara y el bachiller Garci Zapata

Regidores: Juan Zapata, bachiller Agustín Montes, Alonso López, Martín Mateo, Juan García, Francisco de las Casas, Miguel Cabronero, Benito García, Antón Granero, Francisco de Lorca

Alguaciles: Pedro Jiménez de Contreras y Juan de Villanueva

sábado, 1 de mayo de 2021

Los Zapata conquistan el poder concejil de Iniesta (año 1546)

 

Códice de Osuna, BNE, MSS.FACS/999


Las elecciones de oficios concejiles de 1546 despertaron las rivalidades en el seno del patriciado iniestense. El gobierno del concejo de Iniesta estaba formado por dos alcaldes, dos alguaciles y, desde 1543, diez regidores perpetuos. Ese año de 1546 se hicieron dos elecciones. La primera, tal como era uso y costumbre, el día de San Miguel; la segunda, revocando la primera, unos pocos días después, por la intervención directa del alcalde mayor de marquesado de Villena, el licenciado francés. La elección de oficios elegibles, alcaldes ordinarios y alguaciles, se hacía por los oficiales del ayuntamiento anterior y los regidores perpetuos. Si la primera elección de 29 de septiembre se hizo por dos tercios de los oficiales; la segunda, a decir de uno de los bandos, se hizo por tres regidores perpetuos únicamente, acompañados por el alcalde mayor. Se denunciaba expresamente a Juan Zapata, su hermano y un primo.

Desde el año 1543, Iniesta disponía de ocho regidores perpetuos, pero tras las protestas de la familia Zapata, que acusaba de desequilibrios en el poder de la villa por estar en minoría respecto a una parcialidad de cinco regidores, se crearon dos nuevas regidurías perpetuas hasta un total de diez, que en 1546 eran: Andrés de Nuévalos, Juan Garrido de Bernal Saiz, Miguel Cabronero, Juan Ruiz de la Almarcha, Ginés de la Jara, Juan de Zapata, Benito García, Francisco de Lorca, Francisco Granero de Iniesta y Agustín Montes. Viejos apellidos como los Garrido, García o Zapata con otros advenedizos y faltando otros apellidos como los López Cantero de gran proyección futura y otros como los Espinosa, familia de tradición y que no tardaría en despuntar. La figura en alza en la década de 1540 era Juan Zapata, que había atraído hacia sus intereses a otros regidores como Francisco Granero, Francisco de Lorca o Juan Ruiz de la Almarcha o Agustín Montes o familiares por parte materna, una Castañeda. Enfrentados a los Zapata, las viejas familias pecheras de los Garrido o los García, acompañadas de otras como los Cabronero, Nuévalos o la Jara. Aparentemente era un viejo conflicto de hidalgos, representados por los Zapata, frente a los pecheros, liderados, por los Garrido y la figura tan ascendente como fugaz de Andrés Nuévalos. Quizás posiciones ambiguas como los de la familia Espinosa era causa de su exclusión del poder, aunque Pedro de Espinosa, que actuaba como alcalde de la hermandad, procuraba minar el poder desmesurado que estaban alcanzando los Zapata. Los viejos representantes del poder pechero se negaban a aceptar a los hidalgos como tales, al tiempo que les acusaban de “palabras atrevidas para revolver a la villa”.

Hidalgos se pretendían Juan Zapata, Francisco de Lorca y Francisco Granero, que el 18 de septiembre alegaron ante el Consejo Real una sentencia favorable de la Chancillería de Granada para ser admitidos en los oficios concejiles elegibles: alcaldes y alguaciles. Una pretensión que escondía la ambición de Juan Zapata por controlar el poder concejil, colocando en los oficios a él mismo, a su hermano García y a su pariente Pedro de Castañeda. La cosa iba más allá de pecheros e hidalgos, tal como reconocía el alcalde Gabriel Martínez, si habían de entrar hidalgos en el ayuntamiento, antes de entrar los Zapata y sus emparentados los Castañeda era preferible que lo hiciera el licenciado Espinosa junto al pechero Juan Garrido de Alcalá. Aunque no todos eran favorables a este dominio de la vida municipal por Zapatas o Espinosas; un conjunto de pecheros enriquecidos luchaban por acceder al poder y nuevos hombres, o viejos según lo queramos ver, se sumaban a la lucha por el poder: Juan Risueño cedía su cargo de alcalde a Benito Martínez del Peral.

Los pecheros impusieron su voluntad en la elección de San Miguel de 1546, eligiendo alcaldes a Gabriel Martínez y Juan Risueño y como alguaciles a Juan de Atienza y Antón Albarrilla. En estos momentos de disputas, la presencia del alcalde mayor del marquesado, bachiller Mejía, intentaba poner una paz, que era simple claudicación a los intereses del bando más fuerte y que mostraba su impotencia remitiendo los autos de la elección del oficio concejil al gobernador Pedro Martínez de Avellaneda, por entonces en Hellín, para su posterior aprobación. La mascarada de las elecciones iba acompañada de las amenazas encubiertas. La decisión de San Miguel de 1546 no se respetó ni pasado un solo día; a caballo, por las calles de Iniesta, iba el alcalde mayor Mejía buscando oficio de escribano para nombrar nuevo alcalde que satisficiera a todos. Tal voluntad recayó en Juan Garrido de Alcalá, pero el nuevo alcalde renunciaba inmediatamente ante las amenazas de los Zapata, pues, aunque honrado y de buena conciencia, no parecía presentable en sociedad, por su poca dicción y la fealdad que le provocaban unas enormes hinchazones en la cabeza, para, a las pocas horas, volver a aceptar el cargo ante la presión del bando contrario. El asunto iniestense llegaría hasta el gobernador Avellaneda el cuatro de octubre, sin duda a instancia de los Zapata, que desde Hellín y a quince leguas de distancia decide enviar al otro alcalde mayor del marquesado, el licenciado Francés y en un intento de aliviar la guerra de bandos, mandaba desterrar a una legua de Iniesta a Juan Garrido de Bernal Saiz y Andrés de Nuévalos, por una parte, y a Juan Zapata y Juan Granero de Iniesta, por otra. Decisión aparentemente ecuánime pero que significaba el apartamiento del poder de los dos primeros regidores, Garrido y Nuévalos, que eran quienes a la sazón lo detentaban. Con razón se quejarán los dos regidores que el gobernador cedía la paz y sosiego en la buena gobernanza por intereses apasionados.

El “golpe de estado” de los Zapata para hacerse con el gobierno local de Iniesta tuvo lugar el ocho de noviembre de 1546. Previamente, Juan Zapata y su hermano García habían arrancado del alcalde mayor licenciado Francés la nulidad de las elecciones de San Miguel de 1546. Hubo ausencia de tres regidores, pero aparte de la falta de Francisco Lorca por enfermedad y el pusilánime Agustín Montes, se dejó notar la de Juan Garrido, con su ausencia y la del licenciado Espinosa (que como alcalde de la hermandad no tenía derecho a estar en los ayuntamientos) la oposición al partido de los Zapata quedó muy menguada y defendida por Andrés Nuévalos que sería incapaz de mantener la solidaridad del partido pechero frente a las ambiciones hidalgas. En los memoriales presentados por ambos bandos queda patente una desigual visión política: el bloque pechero defendió el tradicional y buen gobierno de la villa, la falta de pasión y buen celo en el ejercicio de los oficios públicos y la no entrada en los oficios de los hidalgos, pues, en sus palabras, no lo habían hecho desde que la villa era de cristianos; la familia Zapata simplemente advocó la necesidad de un equilibrio en las parcialidades de la villa reflejado en el gobierno local. Es curioso como hoy en día andamos presos de ver parcialidades y bandos en los conflictos concejiles de antaño, pero el concepto de parcialidad fue término usado y abusado por una futura oligarquía que quería acabar con el gobierno de las repúblicas pecheras de las primera cuatro décadas. De hecho, el hermetismo y control del poder concejil por una oligarquía pechera que fue cerrando día a día la base de electores, sería denunciado por las familias hidalgas que exigían ese poder para sí: se denunció primero la corrupción de ese poder pechero para a continuación disolver el mismo, consiguiendo sumar, es decir, comprar voluntades enemigas. Es lo que hicieron los Zapata en Iniesta, ganándose el favor de algunos regidores pecheros como Miguel Cabronero o Juan de la Jara o la del propio obispado para conseguir la excomunión de sus rivales, bajo excusa de haber sacado de la iglesia del Hospital a un tal Cosme Maldonado, una irrupción en lugar sagrado bastante común en las justicias ordinarias de la época. Una práctica común para eliminar enemigos como podía ser esa otra de inhabilitar para cargo público por delitos de sangre; tal era el caso de Miguel Cabronero, suspendido por dos años.

Aquel cuatro de noviembre de 1546, el ayuntamiento presidido por el licenciado Francés eligió por alcaldes ordinarios a Juan Zapata y Miguel Cabronero y por alguaciles a García Zapata y a Juan de la Jara. Los Zapata dominaban pues los cargos añales; el suspenso por delito de sangre Miguel Cabronero tenía las manos atadas por una sentencia condenatoria y Juan de la Jara, hijo de Ginés, dependía de la inconstancia de su padre. Por primera vez, y muy a pesar de Andrés Nuévalos, los hidalgos entraban en las suertes, a mejor decir cooptación, de los cargos añales por primera vez “desde que la villa era de cristianos”.

ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA. PLEITOS, 1199-10. PLEITO ENTRE EL CONCEJO DE LA VILLA DE INIESTA, CON GABRIEL MARTINEZ Y OTROS, SOBRE ELECCIONES DE OFICIALES

La crisis de 1540 y la forja de nuevas élites

 

Son los años de la década de 1540 el momento en que surge una élite que dominará la vida política, social y económica del sur de Cuenca. Los hombres que formarán esta élite vienen de la primera mitad del siglo y son herederos de viejas rivalidades de sus abuelos forjadas en las guerras del Marquesado. El conflicto por el poder en la década de 1540 es descarnado, devenido en violento en la década siguiente. Se nos presente como el último estertor de las repúblicas pecheras por impedir el acceso a los ayuntamientos de los hidalgos, que ahora ganan a golpe de ducados ejecutorias de la Chancillería de Granada, pero el conflicto surge en un contexto de la primera gran crisis económica que viven las sociedades del sur de Cuenca desde esa otra del quinquenio negro de 1504-1508. Si entonces el hambre y la peste se abatieron sobre unas sociedades famélicas que empezaban a levantar los pueblos y fue revulsivo superador para una sociedad en ciernes; ahora en 1540, las sociedades de realengo del antiguo suelo de Alarcón son sociedades ya maduras: el manto de sombra que las nubes de langosta proyecta por los pueblos es presagio anunciador de una década calamitosa. Ahora los hombres ya no tienen esa capacidad de regeneración; conquistado el espacio agrario, los principios malthusianos se muestran con toda claridad, pero no es solamente que no haya más tierra para conquistar, aunque la hay en espacios incultos, es que el espacio agrario creado y limitado por las capacidades de los hombres y sus técnicas es objeto de desigual reparto. Ya no se labran nuevas tierras, vistas como nuevas oportunidades para los desposeídos de ella, sino que algunos las pierden en medio de un proceso inflacionario y de crisis. La desigualdad en el reparto de la tierra tiene su corolario en el desigual reparto del poder. El emperador Carlos, siempre preso de sus necesidades financieras vende en 1543 las regidurías de los pueblos. Las villas tenían en los pueblos gobiernos dominados por oligarquías pecheras: los oficiales del año anterior elegían para San Miguel a los nuevos o, en otros casos, se elegían colegios de electores constituidos por una veintena de hombres. En la mano de los niños que sacaban las bolas de cera de los elegidos, por pocos que fueran los llamados, se quería ver unas sociedades tan dinámicas y permeables como llenas de oportunidades. Sin embargo, el establecimiento de las regidurías perpetuas lo enfanga todo; el monopolio de los puestos de regidores por unas pocas familias se define entre los años cuarenta y cincuenta. Es un proceso claro aparentemente, a golpe de cartas de pago de cuatrocientos ducados, pero manifestado violentamente en las elecciones de los pocos oficios elegibles que quedan: alcaldes ordinarios y alguaciles. Disputas en los ayuntamientos en medio de la voluntad comprada corruptamente de alcaldes mayores del marquesado de Villena, prisiones y destierros de los rivales y cuchilladas para eliminarlos en lucha mafiosa alejada de aquellas rivalidades heroicas de sesenta años antes durante la guerra del marquesado.

Es ahora cuando se forjan los patriciados definitivos de las villas de realengo del sur de Cuenca, mutados en nueva nobleza de proyección regional. La lucha es despiadada: la sangre de cristiano viejo, comprada en ejecutorias de la Chancillería de Granada, es carta de naturaleza de esta nueva élite; no todos las consiguen, no tanto por ser incapaces de superar la infecta sangre conversa, sino por ser incapaces de superar los odios generados por la aversión a la riqueza ajena. El caso más claro de los que fracasan es el de los Castillo de la villa de San Clemente, que camaleónicamente sabrán esconder su sangre en la no más pura de los Pacheco. Aunque los nombres que nos quedan en los papeles son los de los triunfadores: Pacheco y Herreros en San Clemente, López de Tébar y Clemente en Villanueva de la Jara o Espinosa y Zapata en Iniesta. Los citados es una muestra simplificada de estas nuevas élites (novedosas en el encumbramiento y viejas con su presencia en los pueblos), pues la lista de apellidos es más amplia, tan amplia como la nueva sangre pechera que portan, reflejo de alianzas matrimoniales y recomposición de haciendas). Es ahora, cuando aparecen citados apellidos de gran proyección futura, en la marginalidad de los papeles, por citar uno: Martínez del Peral. Y es ahora cuando de forma definitiva se rompe el falso equilibrio de poder nacido tras el movimiento comunero; equilibrio tortuosamente recompuesto y roto en los años treinta. Es a partir de la década de los años cuarenta cuando se asiste al gran proceso urbanizador de las villas de realengo del sur de Cuenca, extendido durante medio siglo y que hemos heredado, y a su vez heredero de comienzos de siglo, con sus espacios públicos, sus edificios religiosos o sus casas palacio. Las villas manchegas, pueblos de labradores, juegan con ser pequeñas ciudades en una implosión de mercaderes y pequeños artesanos, a medio camino entre el verlag system y unas mal formadas ordenanzas. Pero la realidad es que les falta el impulso creador de comienzos de siglo, tal que a sus nuevas élites.

domingo, 25 de abril de 2021

Los símbolos del poder concejil de la villa de San Clemente

 






La iconografía del edificio renacentista del ayuntamiento de San Clemente quiere verse como representación de aquellas virtudes del buen gobierno. Sin embargo, que nadie busque ese carácter religioso de las siete virtudes, bien teologales bien cardinales, que han de ser la guía de todo buen gobernante frente a sus parejos pecados capitales´

Visitando hace poco el ayuntamiento de Uncastillo en el norte de la provincia de Zaragoza vi representado ese buen gobierno en la representación de los relieves que mostraban la fe, esperanza, caridad y templanza. Presidiendo la fachada del ayuntamiento de Uncastillo, la Justicia, y a su lado dos medallones en los que se quiere ver los relieves del emperador Carlos y su mujer Isabel de Portugal, que para otros son sendas imágenes de la sabiduría y la belleza, algo más en consonancia con la cronología del edificio.

No ahondaremos en la discusión sobre la época de construcción del edificio renacentista de San Clemente, aunque siempre hemos dudado que la leyenda que nos habla del gobernador Zapata Cisneros y el año 1558 sea la fecha de edificación y corresponda más a una reforma y afianzamiento del edificio. Fechas posteriores aparecen en el reloj solar o esa otra del reinado de Carlos II. 

Sí creemos que no hemos de ver en los relieves de la fachada plateresca del edificio imágenes alegóricas del buen gobierno. Imágenes de gobierno, pero no moralizantes. Imágenes de orgullo del poder pechero sanclementino y símbolos incontestable del poder de unas familias pecheras que dominan la vida del pueblo y libres del poder señorial del marqués de Villena y sus criados. El único límite a su poder es la obediencia debida a la Corona.

De las imágenes detalladas que me pasó hace tiempo Jesús Pinedo me detendré en dos: la del hombre que sujeta con fuerza unas cuerdas y la de ese otro con un libro en la mano. Creí ver en el primero, un hombre barbudo, y sujetando en su mano una soga, y con ella el símbolo de la independencia jurisdiccional de la horca, pero lo que tiene el hombre es un manojo de tres llaves. Las llaves eran el símbolo del poder jurisdiccional; con las llaves se abría el ayuntamiento y sus salas y con las llaves, en número de tres, se abrían las cerraduras del arca donde se guardaban los privilegios de la villa. Cuando los enviados de la emperatriz Isabel toman la posesión de la villa en acto lleno de simbolismo, tomarán para sí las siete varas de justicia de los oficiales del concejo y a continuación las llaves del ayuntamiento y su archivo, expulsando del interior del edificio a los oficiales sanclementinos para tomar posesión de su justicia y su villa en nombre de la nueva señora. Un edificio, que en su estructura es similar al que hoy se nos conserva. Otro detalle, el hombre barbudo, es un pechero, ataviado con la gorra o bonete común a estos patricios urbanos y esa gorra pende de su mano izquierda. El hecho de descubrirse la cabeza era algo común entre los oficiales concejiles  a la hora de aceptar las órdenes reales: después de quitarse sus bonetes, los oficiales ponían las cartas reales sobre sus cabezas y las besaban en gesto de acatamiento. Creemos que nuestro protagonista es representación del poder pechero, únicamente supeditado a la Corona, más que sujeción a cualquier señorío por muy regio e imperial que fuera.

El segundo relieves es el de un hombre con un libro. Por el hecho de llevar en su cintura una espada, se ha querido ver como un antecedente del discurso cervantino de las letras y de las armas. Pero no, nuestro personaje lo que nos muestra es la fuente del poder concejil de la villa, nacida de sus privilegios, representados en el libro que sujeta en su mano. Uno y otro, con sus llaves y con su libro, son hombres armados con espadas, pues el poder otorgado en privilegios no es concesión señorial sino que se ha ganado en la guerra. No lo olvidemos, hasta que el emperador Carlos decidió acabar con esa fuerza militar, tras la destrucción de El Provencio en 1524, San Clemente era capaz de levantar cuatrocientos hombres armados, a caballo y a pie, auxiliados con piezas de artillería.


Imágenes de Jesús Pinedo Saiz