El corregimiento de las diecisiete villas (fotografía: Jesús Pinedo)


Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA (foto: Jesús Pinedo)

sábado, 2 de octubre de 2021

Los herreros de la villa de San Clemente

 

Era 1549 y los herreros de San Clemente andaban revueltos, bajo sospecha del alcalde mayor del marquesado que requisaba las herraduras que se vendían en las tiendas del Arrabal con un peso menor al estipulado por las leyes y pragmáticas del Reino y capítulos de Cortes. La denuncia contra los herreros era agravio gremial frente al comercio no regulado que se desarrollaba en las tiendas abiertas al pie de calle en las casas de morada de los vecinos del Arrabal sanclementino.

Las quejas iban contra el herrador Alonso de Torres, que se sometió al control del almotacén de la villa, Francisco de Ávalos, que pesó sus herraduras como no ajustadas a la pragmática que fijaba su peso. Así fue, pues no cumplía con la vieja pragmática y sisaba en el peso de las herraduras. Presentó nueve herraduras mulares

Que pesaron las dichas nueve herraduras dos libras y seys honças y media en que falta a rrata de docena diez y ocho honças y más de media

La pragmática mandaba que una docena de herraduras debían pesar catorce libras la docena, entendiéndose por docena, doce grupos de cuatro herraduras. Y las herraduras se dividían en caballares, mulares y asnales. Sin embargo, Alonso de Torres no era un advenedizo en el oficio, pues llevaba en él cuarenta años. Alonso era herrero examinado, que compraba sus herrajes y clavazones, para fabricar sus herraduras. La pragmática de los herreros reconocía la imposibilidad de que las herraduras tuvieran el mismo peso, de ahí, que se tomara como patrón la docena de cuatro herraduras, correspondiente al herraje de cada bestia. Los herreros compraban la materia prima, lo más ajustado a ese patrón, y alegaban que en el proceso de fabricación y modelado de las herraduras se generaban herraduras de distinto peso y se perdía material férrico.

Las explicaciones no debieron convencer al alcalde mayor del marquesado, licenciado Ayora, que ordenó al alguacil mayor del marquesado que metiera en la cárcel al herrero Torres. Si algo nos llama la atención del proceso es la presencia de hombres del mundo converso como testigos o implicados. Hernando de Avilés, carcelero de Torres, tomó a la vez su representación en el pleito, y la presencia de Juan de Origüela o Juan de Robledo se repite una y otra vez. El mundo converso sanclementino veía la intromisión de la justicia en los negocios del Arrabal como intolerable. Y el gremio de los herreros, que mostraron su solidaridad con Alonso de Torres. Y es que el negocio de las herraduras estaba en manos de conversos como Francisco de la Carrera y Valeriano y Luis de Molina, padre e hijo.

Los herreros (y los conversos) cerraron filas con su camarada Torres, convirtiendo el proceso en una discusión técnica y profesional, sobre si el peso de las herraduras se debía tomar con el producto en bruto o una vez atarragadas y horadadas las claveras para la clavazón y aprovechaban para denunciar que el precio del hierro estaba tan alto que apenas si daba para construir la mitad de herraduras con la calidad que mandaba la pragmática. Así describía el proceso de fabricación de herraduras Luis de Molina, maestro herrero de 24 años:

Porque este testigo es maestro herrador del dicho arte e a visto y conprado mucho herraje e por dozenas para gastar y lo a visto conprar a otros muchos herradores y que lo traen ansy como la pregunta lo dize y está claro que los dichos herradores lo tarragan y horadan las claveras y lo adoban y por esto están faltas de algún colyndre por lo que les hazen y adoban después de conpradas y porque algunas dellas las despuntan de los callos y hazen lo que más conviene

 

La solidaridad de los herreros no impidió la condena de Alonso Torres, que se vio obligado a pagar 3000 mrs. de multa y vería sus herraduras quebradas en la plaza mayor de San Clemente. En estos pleitos pesaban mucho los intereses, enemistades y luchas banderizas de la villa, pero los únicos beneficiarios era el estamento de los escribanos, que hacían su agosto en los contenciosos: los escribanos Ginés Sainz y Juan Rosillo daban fe de las actuaciones judiciales del alcalde mayor; Juan Robledo, testimoniaba las declaraciones de los herreros; a Rodrigo de Ocaña se le hacían pequeñas sus tareas como escribano del ayuntamiento, y Lope González y Alejo Rubio iban de aquí para allá, junto a los alguaciles, asentando en sus registros las notificaciones judiciales.

Alonso Torres no se arredró y llevó su asunto a Granada. La apelación en sí y los costes que llevaba eran signo de los intereses económicos en juego. El asunto pronto derivó a un intento de control de los oficios por las autoridades, o algunas de ellas, que veían con recelo la pujanza de los oficios del Arrabal, mientras la riqueza de los campos se hundía. El siguiente herrero en caer fue Miguel Gálvez, con cuatro años de antigüedad en el oficio, que vio requisadas de su tienda diez herraduras asnales que no se ajustaban al peso. De nuevo el almotacén pesó nueve herraduras, treinta y nueve onzas en total, determinándose que faltaba una libra por docena del herraje para cumplir con la ley. Gálvez no era converso, pero sí un trabajador consciente de que su vida y ganancias dependían de un trabajo diario. Se presentó ante el alcalde mayor como un paupérrimo herrero, acusó a las autoridades, alcalde mayor Ayora y alguacil Francisco Guerra, de excesivo celo en sus diligencias, no estaban pesando oro sino hierro, así como ignorantes en materia de herrería: las pragmáticas decían que el peso a tomar en cuenta era el de una docena de cuatro docenas de herraduras y tomar simplemente nueve desvirtuaba el peso final. De malicia acusaría el alguacil al herrero, pues discutir la proporcionalidad de la parte con el todo, era echar por tierra todas las leyes del Reino, que establecía patrones para aplicar a cada caso concreto.

El caso de Gálvez era diferente al de herreros como Francisco de la Carrera que hizo una auténtica fortuna como herrero y estableció lazos  con otras familias del Arrabal como los Tébar. Gálvez era, en palabras de Miguel Mateo un pobre al que veía comprar hierro viejo y hazer cosas de menudencias  y es herrero e hombre que vive de su trabajo e no tiene con qué se sustentar si no trabaja. Estas apreciaciones eran corroboradas por el zapatero que vivía al lado del herrero. Ricos o pobres los herreros, vemos una solidaridad en el Arrabal, forjada en la pertenencia al oficio y el ejercicio de un trabajo manual; solidaridad acrecentada por esa otra del mundo converso que se erige en dirigente del crisol de hombres y oficios del Arrabal. Hasta don Alonso del Castillo e Inestrosa nos aparece apoyando a los herreros en algún momento. Enfrente, las viejas familias que ocupan el estrato medio de la sociedad sanclementina. El enfrentamiento entre ambas posiciones era extremo: en el momento que Gálvez es acusado comparte cárcel con Andrés de Ávalos y el escribano Juan Rosillo. Las solidaridades no salvó a Gálvez de una condena igual a la de Alonso Torres.

Una regulación excesiva, condicionada por viejas leyes medievales, acabó en San Clemente con la iniciativa de oficios individuales. El ascenso de una minoría menestral de los arrabales provocó las envidias de aquellos que, sin despuntar, mantenían una posición de privilegio en los gobiernos concejiles. Su posición era la del propietario medio de tierras; sin llegar a alcanzar las cotas de riqueza de las grandes familias, eran el sostén de las repúblicas pecheras nacidas en 1480. Ahora, setenta años después, las haciendas agrarias de estos labradores estaban arruinadas por la crisis de la década de 1540; mientras sen el Arrabal, los oficios artesanos eran la oportunidad y forja de nuevas élites. Entre unos y otros, la vieja aristocracia hidalga aprovechará la oportunidad para acabar con las repúblicas pecheras e implantar sus cortes manchegas.

 ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA, PLEITOS, 3085-3

Rodrigo de Ocaña, escribano, 32 años

Francisco de Ávalos, almotacén, 32 años

Valeriano Molina, herrero, 50 años

Luis de Molina, herrero, 24 años

Hernando de Avilés, 34 años

Francisco de la Carrera, 36 años

Miguel Mateo, 30 años

Pedro Ruiz, zapatero, 35 años

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