El corregimiento de las diecisiete villas (fotografía: Jesús Pinedo)


Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA (foto: Jesús Pinedo)

viernes, 3 de mayo de 2019

Los orígenes de la venta del Pinar

En una heredad en tierra de nadie, a legua y media de San Clemente, y a media distancia, dos leguas, entre Minaya y El Provencio, Francisco Cañavate decidió construir en 1575 una edificación de los que se pretendía venta. Era una construcción pobre, en el lugar llamado Pan y Cayado, donde ya existía una venta desde al menos sesenta años, pero también era una gran oportunidad de negocio para gente avezada, que sabía la necesidad de un lugar de descanso en el camino real de Toledo a Murcia, alejado de la jurisdicción de las villas y donde los caminantes y comerciantes, que deseaban dar pocas explicaciones, encontraran comida y cama. 

Era asimismo lugar donde los viajantes buscaban punto de intermedio de descanso y refugio de los salteadores de caminos, aunque las ventas eran de por sí centros de delincuencia, donde los altercados y delitos de sangre no eran extraños. No obstante, en estas ventas manchegas del sur de Cuenca, y a tenor de algunos testimonios, no se llegaba a los niveles de criminalidad de la venta de Mojón Blanco en Hellín, por citar un caso de venta con muy mala fama en la intersección de los caminos de Andalucía, La Mancha y Levante. A pesar de que el lugar estaba en el término amojonado de la villa de San Clemente, el paraje de Pan y Cayado no era ajeno a El Provencio, cuya apreciación de los límites municipales no derivaba tanto de los amojonamientos como de un sentido primario de la propiedad, "allí donde hay una heredad propiedad de uno de sus vecinos es tierra provenciana".  Ya a comienzos de siglo, los provencianos habían llegado, siguiendo el camino real con sus viñas a este lugar, pretendiendo jurisdicción sobre estos parajes; conocemos en esas fechas del cambio de los siglos XV al XVI alguna disputa entre sanclementinos y provencianos por quién se quedaba con el cadáver de algún caminante, víctima de los salteadores de caminos. Las justicias de uno y otro pueblo se apresuraban a llevarse estos cadáveres a sus pueblos, para exponerlos a los pies de los altares de sus iglesias parroquiales, esperando que algún familiar o conocido lo reconociera para darle cristiana sepultura, o, de no ser así, correr con los gastos del enterramiento el propio concejo. Reivindicar el cadáver era hacerlo también del suelo sobre el que yacía.

Donde se pretendía levantar la nueva venta era lugar propiedad de dos hermanos, Francisco Cañavate y Pascual García, avecindado el primero en San Clemente y el segundo en El Provencio. La familia procedía de esta última villa y ya poseía una venta a cuatrocientos pasos de donde se pretendía construir la nueva venta, heredada por Pascual. El paraje era lugar donde dominaban las viñas al lado del camino real, donde los provencianos, a pesar de no estar en su término, habían llegado antes que los sanclementinos. Es más, el impulso imparable hacia el sur de la villa de San Clemente en la plantación de viñas, se había visto interrumpido en los años cuarenta del siglo dieciséis por la necesidad de plantar los actuales pinares, para proveer de leña a sus vecinos y resguardar a sus ganados, expulsados del antiguo suelo de Alarcón. 

Ser hostelero, entre comillas, en la época, era una aventura arriesgada. No era extraño ver los establecimientos de hospedaje en manos de foráneos, sobre todo, nos aparece frecuentemente el apodo de el navarro o la navarra para referirse a los propietarios de estos establecimientos. Claro que habría que distinguir entre mesones y ventas. El mesón era un establecimiento mejor visto; venían regulados desde el tiempo de los Reyes Católicos, por pragmática de 22 de julio de 1492, para desgracia de vecinos que veían en hospedaje de forasteros una fuente alternativa de ingresos, y sumaban a su utilidad de hospedaje la de ser tiendas de productos en régimen de estanco. Los mesones estaban en el centro de los pueblos; en El Provencio enfrente de la iglesia, en San Clemente, había tres mesones en medio de la Plaza Mayor. Creemos que la familia provenciana del Pozo, además de dar vicarios de fama postrera, era una familia con mesones desperdigados por varias villas, incluida la ciudad de Cuenca. Pero a día de hoy, nos movemos en el terreno de las conjeturas. En los mesones se alojaban, si es que no eran obligados a hospedar los soldados que se embarcaban a Cartagena, viajantes y comerciantes de un mayor estatus o poder económico. Sabemos que, a pesar de lo dicho, en el mesón de El Provencio se alojaban en 1558 el capitán y un alférez de una compañía de soldados (con estos últimos cargaron los vecinos) o que la legión de escribanos receptores, alguaciles y jueces de comisión mandados por la Chancillería de Granada y los Consejos había que buscarlos en los mesones, donde establecían su posada. Las ventas, sin embargo, eran otra cosa 

Las ventas se levantaban a mitad de los caminos o donde se cruzaban perpendicularmente. Tal era el caso de la venta de Pan y Cayado, a la que en 1577 se le daba una antigüedad de más de sesenta años, y que se situaba en el punto donde el camino que salía de la villa de San Clemente se juntaba con el camino real que iba en dirección a Murcia y Valencia. Al menos desde 1575, Francisco Cañavate levantó una nueva venta a menos de cuatrocientos pasos de la ya existente, justificándose la necesidad en los muchos caminantes que pasaban por el camino y la oportunidad de buscar un lugar más cómodo, con abundancia de agua y fresco. Eso es lo que decía, Francisco Cañavate, pues la edificación de una nueva venta contaba con la oposición del propietario de la antigua venta de Pan y Cayado, que no era otro que su hermano Pascual García. Sus quejas se tradujeron en un pleito ante el Consejo Real, que ordenó una de 16 de septiembre una información antes de conceder la licencia necesaria para la construcción de una nueva venta.

A la rivalidad de los hermanos, se unía la rivalidad de dos pueblos. Los dos hermanos venteros procedían de El Provencio, pero Francisco Cañavate había casado en San Clemente con una hija de Juan Peinado. La iniciativa particular de Francisco de levantar en una heredad de su propiedad una nueva venta contó con el apoyo del concejo sanclementino que en su ayuntamiento de 25 de enero de 1578 manifestó la necesidad del nuevo establecimiento por la reducida capacidad de la vieja venta de Pan y Cayado para cobijar tanto caminante. La iniciativa de Francisco Cañavate fue la de un hombre atrevido, de oficio aperador, vio en el trasiego de carreteros y la existencia al lado del camino de un pinar, plantado una generación antes, una oportunidad de negocio único en el arreglo de las carretas con la madera que proveían los pinos cercanos. Así lo denunciaba su hermano, con cierta malicia, que nos narraba cómo la venta de su hermano era un maltrecho edificio (en contradicción con  lo que veían otros testigos: una casa en ampliación),
y el dicho Cañabate no tiene hedificado sino una chimenea solamente y como es aperador corta y destruye los pinos y de allí sustenta todos los carreteros caminantes del adereço de sus carros y lo que peor es como está tan metida en el pinar es albergo de rufianes y mugercillas y gente de mal vivir y no sirve para la gente pasagera porque no es casa para hello y mi venta tiene grande cosa y yo he hedificado mucha cosa ansí de edificios como viñas para tener la dicha venta
La disputa entre los hermanos ya venía de 1572, cuando pleitearon por una pequeña parte de una haza de treinta y tres almudes, compartida y legada por su padre, Juan García de la Plaza, sobre la que se habría de levantar la futura venta del Pinar. Aunque Pascual consiguió la plena propiedad esa porción de la haza por sentencia del alcalde mayor Noguerol Sandoval. Francisco de Cañavate, excluido de la herencia, consiguió acceder a una parte de las tierras en Pan y Cayado, por el legado que le hizo uno de los hermanos, el clérigo Juan de la Plaza, y la venta de una tierra por otro hermano, llamado Diego de Iniesta. Francisco cesara en su ocupación. Las disputas entre hermanos se recrudecieron al morir su madre en la casa natal de El Provencio; Pascual que recibió la mayor parte de la herencia no aceptó que su hermano no le vendiera las tierras heredadas en Pan y Cayado, junto a la vieja venta. Una solución arbitral fijaría la partición de hazas entre ambos hermanos. Las viejas disputas entre hermanos fueron defendidas por sus respectivos hijos, Francisco de Cañavate el mozo y Sebastián García, ante la justicia de San Clemente y su alcalde mayor Vázquez, donde las familias habían trasladado su vecindad.

El valor de la nueva posada residía en que, a cuatrocientos pasos de la antigua, estaba en un lugar más sano, con más agua, rodeada de un majuelo y árboles frutales y lejos de la insalubridad de los lavajos, donde se encontraba la venta de Pan y Cayado, Además, tal como reconocía Hernán González de Origüela, la nueva venta estaba equidistante a dos leguas de El Provencio, Minaya, Villarrobledo, y a poco mas de una legua y media de San Clemente, aunque recalcaba sobre todo la salubridad del lugar
la de Pasqual García está en hondo e no tiene corriente cauo dos lavaxos por manera que el agua corriente se empapa y ensuelve a la puerta de la venta del dicho Pasqual García a donde se hazen grandes lodos y lapachares y porque la venta del dicho Cñavate tiene mucha agua de un poço manantial que tiene mucha cantidad de agua dulze
La venta antigua había sido adquirida, hacia 1540, por la madre de la familia a Pedro Hernández, vecino de La Roda, que previamente la había comprado a Cebrián Carrasco, vecino de San Clemente, cuando la zona estaba dominada por tierras llecas. Cincuenta años después los cultivos se habían abierto paso, aunque al norte dominaban los pinares plantados por la villa de San Clemente. Entre los cultivos, catorce o quince mil vides que proveían del vino guardado en las bodegas a los caminantes hospedados, cuando no se exportaba a otras partes, como la ciudad de Villena. La venta de Pan y Cayado se llevaba en régimen de arrendamiento, con una renta de cuarenta y dos ducados. Con la apertura de una nueva venta se acababa la situación de monopolio de una venta única, escasa para la cantidad de pasajeros, y los movimientos especulativos de su dueño, Pascual García, que llegada la noche solía doblar el precio de los mantenimientos de la venta. La fortuna del hermano desheredado era la desgracia del hermano rico.

La nueva venta del Pinar estaba a medias de construir a principios de 1578. No tenía caballerizas, los aposentos nuevos que se construían no estaban cubiertos con techos. Los viajantes se arremolinaban en torno a la única chimenea. Su origen estaba en el mismo oficio de Francisco Cañavate, apeador de carros, que encontraba en el cercano pinar los troncos necesarios. Mientras Francisco Cañavate cuidaba de los carros, un hombre de Minaya, llamado Francisco Jiménez, que hacía las funciones de ventero, y una mujer enamorada cuidaban de los mantenimientos de la venta, adonde no faltaban dos mujerzuelas que atraían a todo tipo de rufianes; dos mujeres de mundo que estaban ganando en ella, nos dirá una antigua ventera de Pan y Cayado. La presencia del pinar cercano, donde esconderse atraía a algún que otro malhechor; dicho pinar era el llamado Pinar Nuevo o doncel, pues había sido  plantado dos décadas antes por el concejo de San Clemente
que la dicha venta del Cañavate está en gran perjuicio del pinar doncel de la villa de San Clemeynte porque esta obra de trescientos pasos
Algunos carreteros, como Juan García de Rodilla, vecino de Templeque, que recorría el camino real desde hacía quince años prefería la vieja venta de Pan y Cayado, todavía con mejor aposento y dos chimeneas para calentarse. Pero el de Tembleque era un carretero estable, otros se ajustaban más a la definición de carretero cosario que iban de un lado para otro sin oficio ni beneficio y con muy mala fama. A estos truhanes, Francisco de Cañavate, prestaba sus servicios y alojamiento precario. Pero desde San Juan de junio de 1578, puso al frente de su establecimiento un ventero y comenzó a ampliar los aposentos. Su apuesta era la de ventero, la de su hermano estaba basada más en la comercialización del vino. Un vino de consumo inmediato, transporte fácil y poco apto para su conservación. Además, Francisco de Cañavate era más decidido, pues salía al camino  a por los recueros, agarrando a las mulas de los ramales, ofreciendo precios más baratos y el agua que faltaba en casa de su hermano Pascual. Las ventajas de la nueva venta las reconocía hasta el ventero de Pan y Cayado, Francisco Díaz, pues era venta sin agua al haberse cegado el pozo. La falta de agua era el acta de defunción de la vieja venta, por más que se acusara al hermano de ser el causante de cegar el pozo
los mas de los días halla e a hallado el poço que la dicha venta de Pasqual García tiene ciego de piedras de suerte que no se puede sacar agua

En sus conclusiones de veinticinco de febrero de 1578, el alcalde mayor de San Clemente, el licenciado Vázquez, informaba favorablemente para la continuación de la construcción de su venta. Contaba con el apoyo en pleno del concejo de San Clemente, a excepción del regidor Rojas. El diez de marzo de 1578, en Madrid, el Consejo Real autorizaba la construcción de la venta del Pinar. La licencia de autorización se confirmaba el 23 de abril.

Parecer favorable de licencia de Venta del Pinar
AGS, CONSEJO REAL, 455, 6.
Confirmación de licencia de Venta del Pinar
AGS, CONSEJO REAL, 455, 6.



Concejo de San Clemente de 25 de enero de 1558

Alcaldes ordinarios: licenciado Villamediana  y Juan de Oropesa, alcaldes ordinarios
Regidores: Gómez de Valenzuela, Francisco Pacheco, Julián Sedeño, Diego de Montoya, Llanos de Tébar, García Martínez Ángel, Alonso Martínez de Perona, Gonzalo Martínez Ángel, el bachiller Alonso González de Santacruz.
Alguacil mayor: Antón de Montoya,
Escribano del ayuntamiento: Juan de Robledo.


AGS, CONSEJO REAL, 455, 6.  Francisco de Cañabate con Pascual García, vecinos de San Clemente, por una venta que el primero quiere instalar en una tierra suya, en perjuicio de la venta de Pascual García, 1578

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