El corregimiento de las diecisiete villas (fotografía: Jesús Pinedo)


Imagen del poder municipal

Imagen del poder municipal
EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA (foto: Jesús Pinedo)

Saturday, September 20, 2025

Las santas no reconocidas de la Tercera Orden franciscana de San Clemente

 Entender el franciscanismo femenino en San Clemente es comprender la evolución personal de cada una de las mujeres insignes que le dieron vida. Su evolución es la que discurre desde la anarquía a la regla, puede parecer una exageración, pero si olvidamos el aspecto religioso, pues no podemos dudar de la fe de cada una de estas mujeres en el tiempo que le tocó vivir, la evolución de sus vidas viene marcada por la renuncia a sí mismas.

La Melchora fue la primera de ellas. Mujer ruda y de carácter, difícil de someter a regla y obediencia alguna. Lo suyo era la acción desprendida hacia los demás: atender pobres y cuidar enfermos. Se le quiso meter en vereda y para aceptarla en la Tercera Orden Regular de las "isabelas" se mandó desde Infantes a sor Ana Sánchez. Fue un gran error de la orden franciscana; posiblemente, si se hubiera mandado a la hermana de sor Ana, Catalina Ruiz, las cosas hubieran ido mejor. No fue así y el franciscanismo estuvo a punto de sucumbir. Un talante distinto, aunque las mismas ansias de independencia debieron tener Ana Pacheco, hija de los señores de Minaya, y la Remona, hija de unos labradores ricos, pero ambas fueron más circunspectas que la Melchora y de su vida hicieron un ejemplo de vida cristiana, siguiendo el ejemplo de Santa Clara e Isabel de Hungría. Ana Pacheco murió en 1553; la Remona no lo sabemos. Sus vidas fueron ajenas a conventos, por esa razón eligieron como sepulturas el hogar familiar, es decir, la capilla de la iglesia de Minaya, y la pequeña iglesia de Perona. Buscaban el alejamiento del mundo y el reposo eterno y la Iglesia convirtió sus sepulturas en santuarios para la peregrinación.
Este primer franciscanismo, que se inventaba día a día con una vida de rectitud de sus protagonistas, debía someterse a convento y a regla que lo ordenase. Tres monjas protagonizarían esta nueva etapa: Lucía Valderrama, Isabel Rodríguez y Catalina Ortiz. Son las mujeres que aprendieron la vida regular junto a los frailes en el convento dúplice de Nuestra Señora de Gracia y permitieron la transición a la clausura. Una nieta de cantero, otra de condenado por la Inquisición y una más de la que poco sabemos, la última, pero que sería quien definiría la nueva vida conventual de las "isabelas".

Lucía de Valderrama la tenemos por nieta del cantero vasco Pedro de Oma, por su hija Mari Pérez de Oma. Lucía es todavía una beata, que acompaña la oración con el cilicio, una asceta que ya busca la unión mística con Dios y que dice tener revelaciones divinas, pero su vida no es la la de la beata que busca el ejemplo del Evangelio en el hogar familiar, Lucía, al igual que otras mujeres que se han visto huérfanas de la casa dejada por Martín Ruiz de Villamediana, pues sobre su solar se edifica nuevo monasterio, busca el cobijo en el convento masculino de Nuestra Señora de Gracia, que acoge a unas hermanas franciscanas de las que tenemos dudas que hayan dado el paso del beaterio a la regla. Cuando Lucía muere a los cuarenta años, en 1570, y es enterrada a la derecha del altar mayor de Nuestra Señora de Gracia, su hagiógrafo nos dirá: "porque como aún no tenían velo monacal ni prometían clausura, tenían en aquel lugar su asiento para en vida y su entierro para en muerte, donde así ellas como otras muchas descansan y reposan en el señor". La beata Lucía descansaría así, junto a sus compañeras, en la misma iglesia que muy probablemente ayudó a edificar su abuelo, el cantero Pedro de Oma.

Isabel Rodríguez es una mujer de transición. Es treinta años más vieja que Lucía Valderrama; ha nacido con el siglo, en 1500. Decimos que es de transición pues es una conversa, que ha visto a varios familiares condenados por la Inquisición y que busca la aceptación en la iglesia con el rigor de su profesión monacal y es de transición porque recorre las diferentes etapas del franciscanismo femenino en San Clemente: del beaterio a la regla de la Tercera Orden, de la Tercera Orden Regular a la clausura. Abandona el vestido por el sayal y los zapatos por las alpargatas. En ella, hay un deseo sincero por apartarse del mundo e imitar el modelo de Cristo, a veces un poco histriónicamente, dándose bofetadas y puñadas hasta sangrar, y mortificando su cuerpo con los ayunos. Pero Isabel Rodríguez es ya una organizadora, que trata de imponer a sus compañeras unas reglas y hábitos de conducta. Hemos de imaginar la vida de estas primeras monjas un tanto desarregladas, la cama podía más que el desperezarse y las ganas de vivir más que la oración. Isabel, con su ejemplo, impondrá a sus compañeras la nueva vida: "fue de mucha oración y vigilia y no solo se contentaua con esto, más aún, como era ella la que se levantaua primero en todo el convento, yua a las camas de todas y despertándolas las dezía: 'ea señoras, levántense a loar al Señor'". Cuando muere con setenta y siete años en 1577, el mundo ha cambiado completamente y el San Clemente libertino que la vio nacer también: España ha abrazado el rigor de la reforma trentina de la Iglesia y San Clemente ha visto levantarse, ya finalizado entre 1570 y 1575, las paredes verticales y continuas del monasterio de la Asunción de la Madre de Dios, destinado al encerramiento y clausura de las monjas.

Catalina Ortiz, natural de San Clemente, es la última de nuestras protagonistas. Monja durante veinte años, llevó el rigor de su profesión hasta sus últimos extremos: sayal, sin camisa y con cilicio, descalza de pies, salvo un pedazo de zapato que se ponía en uno de ellos para "yr haziendo un poco de estruendo cuando andaua, especialmente quando había gente forastera que la podían ver". Sus veinte años de profesión religiosa debieron coincidir con los veinte años que tardó la construcción del monasterio de la Asunción de San Clemente, gracias al apoyo pecuniario de Isabel de Pedrola, y que se llevaría a cabo entre los primeros años de la década de 1560 y los inicios de la década de 1570. Catalina fue la guardián del convento, pues permaneció en él durante toda su construcción, soportando rigores e inclemencias del tiempo, durmiendo en el hueco de una escalera, en una concavidad, cual "pesebre de Cristo", que únicamente abandonaría para acomodarse en "pesebre" similar en el coro bajo ya finalizado, desde donde podía contemplar y velar el Santísimo Sacramento. Por cabecera de su lecho tenía una piedra, si bien pronto cambió el estar tendida por vivir y dormir de rodillas; es decir, su vida despierta era dedicación continua al rezo y la lectura, que, por deseos de imitación de los sufrimientos de Cristo, se limitaba a la Pasión. Lo suyo era dar el ejemplo más sacrificado, mientras las monjas ya llegadas al nuevo monasterio de la Asunción hacia 1575, evitaban el rigor de los fríos inviernos sanclementinos al calor de la lumbre, Catalina se aproximaba la fuego para colocarse allí donde el humo se hacía irrespirable y si abandonaba el calor del hogar era para salir a los campos nevados y andar descalza. Al parecer, en esto intentaba superar a su vecina Guiomar del Castillo, clarisa profesa en Huete, hija del fundador de Nuestra Señora de Gracia y otra de esas santas que nunca la Iglesia reconoció. Andaba con sayal roto y remendado, su alimento era pan y agua, acompañado de alguna hoja de lechuga. A pesar de que su existencia final coincide con los malos años de la década de 1580, no hemos de pensar que su frugalidad alimentaria fuera fruto de la necesidad, pues cada una de las monjas isabelas tenía asignada su ración diaria, pero la pobre Catalina, con licencia de la abadesa, la regalaba a los pobres de su pueblo. Es cierto que en el comer, penurias también pasaban las novicias, que, en lo que era costumbre instituida, no comían en mesa sino en tierra y, en gesto de humildad, besaban los pies al resto de las monjas mayores, pero Catalina Ortiz, actuando como una novicia más, se exigía las mismas obligaciones. Sin embargo, Catalina no era monja mustia ni severa, gustaba el cante con su voz ronca, aunque fuera el "Santus, santus" que oyó Isaías y se regocijaba bailando en torno al brocal del pozo del claustro del monasterio las noches despejadas y cielo abierto en alabanza de la "eterna belleza del Creador". Su hagiógrafo, inmisericorde, hablará de "espiritual sarao... ayudando a los ángeles a medianoche a celebrar los maytines" para describir las visiones, en su frenesí, de Catalina, que veía en el Cielo a los ángeles festejando a Dios. Fiesta que ella, imitándola, traía aquí a la Tierra. Catalina gozaba del Cielo en la Tierra: "Y así a mi quenta los malos tienen infierno y medio, y los buenos Gloria y media. Media gloria en esta vida y entera en la advenidera". Catalina era mujer que hacía convivir la alegría con el dolor en su cuerpo, pues del baile pasaba a coserse el pecho con aguja e hilo. Sus excentridades causaban estupor y admiración entre las monjas, que reconocían su auctoritas por encima de esa otra de la abadesa: "en ella hablaua la vida, en la abadesa el oficio". Era tal su ascendencia sobre el resto de las hermanas que le llamaron "la columna del convento". Catalina Ortiz murió el sábado siguiente a Pentecostés de 1580, había nacido en 1518. Su cuerpo será enterrado en el monasterio de la Asunción de la Madre de Dios de San Clemente, donde había profesado y velado por su construcción desde sus inicios como edificio conventual.


BNE, B 20 FRA (RESERVADO), fols. 161-166. 

Hystoria de las personas illustres y notables en santidad, de la santa Prouincia de Carthagena, de la orden de nuestro Seraphico Padre San Francisco, que hasta ahora no estan puestas en escriptura alguna desde el año de mil y quinientos, hasta el presente de seyscientos y diez y siete [Texto impreso] / compuesta y ordenada por fray Melchior de Huelamo... de la mesma Orden... ; recopilada por mandado del Reuerrendissimo señor Don fray Francisco de Sossa Obispo de Osma... ; escriuese la vida y muerte santa del sieruo de Dios fray Martin de Carrascosa, sepultado en san Francisco de Cuenca


PD.: creemos que Catalina Ortiz tiene relación con los Ortiz de Villarrobledo 

Thursday, September 18, 2025

Sor Ana Sánchez

 De Sor Ana Sánchez, la monja que de Villanueva de los Infantes vino a San Clemente para poner orden y consolidar el nacimiento de la Tercera Orden franciscana en San Clemente, apenas si se sabe nada, más allá de la colisión de intereses, y de carácter, con la Melchora, que le obligó a dejar la villa y volver a Infantes.

Sor Ana Sánchez procedía del convento de Villanueva de los Infantes, perteneciente a la Tercera Orden, "dicho con título y vocación vulgar la Concepción". Su hermana, Catalina Ruiz había sido fundadora del convento; una mujer que antes que priora fue una mujer dedicada en cuerpo y alma al cuidado de enfermos durante cuarenta años. De su hermana el cronista franciscano Melchor Huélamo apenas si nos dice nada o muy poco: 

"Ana Sánchez fue hermana de la pasada (Catalina Ruiz), y religiosa deste mesmo convento, fue muy exemplar y santa. Murió y vivió con opinión de tal. Y después de muerta, vieron algunas religiosas, en su aposento y cama una grande claridad: indicio claro y manifiesto de la accesible gloria que su alma posee (I Tim. 6)


BNE, B 20 FRA (RESERVADO), fols. 158

CONVENTO DE SANTA CLARA DE VILLANUEVA DE LA JARA

 El convento de clarisas de Villanueva de la Jara fue fundado en 1578. Se fundó a solicitud y con la hacienda de los hermanos Pedro Monteagudo y María Sánchez. Como eran viudos, el primero tomó el hábito de San Francisco y la segunda el de Santa Clara. María junto a dos sobrinas e hijas de Pedro serían las primeras monjas profesas del nuevo convento de la Jara. De las dos hermanas destacó por su virtud Teresa de Monteagudo, "religiosa de sencillez columbina y de muy singular paciencia". Celosa en el ejercicio de la religión, cuando el resto de monjas decían prima rezada en el coro alto, ella se separaba sola en el coro bajo para decir prima con mayor solemnidad. Tenía el don de derramar abundantes lágrimas en recuerdo de la Pasión y muerte de Cristo. Nos recordaba la monja que "en las monjas aya diversidad de color en el hábito, como en las de Santa Clara pardo, en las de San Benito negro, en las de San Bernardo blanco, en las de la Concepción blanco y azul, pero, llegado el velo, en todas es negro", en señal de luto por la muerte de Cristo.

Otra hermana destacable por su virtud fue Catalina Evangelista, monja de "grande abstinencia, disciplina y cilicio". Su corta vida se desarrolló entre dolores de estómago y gota artética durante ocho años: "era como un vivo retrato de Job". Murió a los treinta años, rodeada de sus compañeras, mientras cantaban el salmo "In te Domine speravi".

Por último destacar la corta vida de Catalina de Sena. Entró en el convento con diez años, para morir a los dieciocho. "Esta religiosa niña fue llevada y vendimiada en agraz". Sentada en la cama y con la mano en una mejilla, una religiosa le dijo: "niña, creo que te mueres". A lo que respondió. "pues si me muero cántenme el credo".

El convento de monjas de Santa Clara tenía fama por su obediencia, pero esta fama se la había ganado tras una insubordinación previa de sus monjas. Al parecer, su petición fue dirigida al Sumo Pontífice, sin que sepamos si la causa fue la búsqueda de una reformación hacia mayor espiritualidad o simple deseo de libertad, pues el cronista nos dice que ha de ser Dios quien lo juzgue. La rebelión fue dirigida por dos monjas cuyo nombre no se dice, y que platicando una tarde comunicaron su decisión de abandonar la regla al resto de sus compañeras, conminándolas a hacer lo mismo y amenazándolas de ahogar a aquellas que no las siguieran. Fuera la sinceridad de la amenaza tal o no lo fuera, el caso es que las monjas padecieron el castigo divino y murieron en los siete días siguientes de la enfermedad del garrotillo, un mal que afectaba al tracto respiratorio y provocaba la muerte por ahogamiento, "tomando en ellas Dios castigo y venganza". La primera no fue consciente de su muerte, pero la segunda sí, después de que aquella ya difunta se le apareciera para comunicarle un lacónico "Dios quiere que mueras". En su agonía, recomendó obediencia a sus prelados y superiores y reconoció la inobediencia como causa de su muerte. Desde ese momento, el convento de Vilanueva de la Jara fue modelo de obediencia a sus superiores



BNE, B 20 FRA (RESERVADO), fols. 128-130

Hystoria de las personas illustres y notables en santidad, de la santa Prouincia de Carthagena, de la orden de nuestro Seraphico Padre San Francisco, que hasta ahora no estan puestas en escriptura alguna desde el año de mil y quinientos, hasta el presente de seyscientos y diez y siete [Texto impreso] / compuesta y ordenada por fray Melchior de Huelamo... de la mesma Orden... ; recopilada por mandado del Reuerrendissimo señor Don fray Francisco de Sossa Obispo de Osma... ; escriuese la vida y muerte santa del sieruo de Dios fray Martin de Carrascosa, sepultado en san Francisco de Cuenca

Autor

Huélamo, Melchor de (O.F.M.)




Wednesday, September 17, 2025

Fray Juan Ortiz, el fraile santo de Las Pedroñeras

 Hizo el noviciado en el convento franciscano de Cuenca, donde posteriormente profesaría hasta su muerte en 1599 con 32 años. Había nacido en Las Pedroñeras. Se encargaba del trabajo duro en el convento, trayendo madera con dos bueyes para cierta obra que se hizo en el edificio. Aun así, ayunaba todos los días con pan, agua y algunas yerbas; todo lo demás se lo daba a los pobres. Hombre de grandes virtudes, sería enterrado en el convento franciscano de Cuenca, donde hoy se levanta la iglesia de San Esteban. El padre Huélamo recogerá brevemente su vida en los franciscanos insignes de la provincia de Cartagena

Las Pedroñeras, según Tomás López (1787)

 En las informaciones recogidas en Las Pedroñeras por Tomás López en 1787, se evaluaban en 522 los fallecidos los años 1785 y 1786, casi 300 niños de ese montante. Las tercianas y el tabardillo debió causar estragos en el obispado de Cuenca esos años, aunque los infantes, se nos dice, que murieron de viruelas. Era Las Pedroñeras un pueblo en expansión que había duplicado los vecinos de dos siglos antes y contaba con seiscientos cincuenta vecinos, alrededor de 2500 habitantes. En el desarrollo de la villa actuaba favorablemente el nuevo camino real que se construía y que iba hasta Alicante, Cartagena y Murcia.

No se sabía de su fundación o fundador, pero según el cura Juan Gabaldón y Cárcel era pueblo antiguo. Lo ubicaba, con razón, como aldea de Alarcón en 1280, para pasar a depender del marqués de Villena en 1445 como aldea de Belmonte, aunque erraba la cita cuando decía que el 24 de septiembre de 1479 don Jorge Manrique la recibió como villa de realengo a favor de los Reyes Católicos. Es evidente de que la fecha es errada, pues don Jorge Manrique llevaba cinco meses muerto. Entonces, ¿por qué el error? Las Pedroñeras, realmente, fue visitada por don Jorge Manrique el 28 o 29 de enero para someterla a la corona real. La fecha de 24 de septiembre quizás tenga su razón de ser en la tregua de octubre de 1479 entre el marqués de Villena y los Reyes Católicos y la necesidad de justificar que la villa estaba sometida antes de esa tregua de cara a justificar su separación del marquesado de Villena en el pleito posterior y las ambigüedades creadas por el acuerdo de uno de marzo de 1480.

El término de Las Pedroñeras se extendía por tres leguas de oriente a poniente y cinco leguas de norte a sur. En la geografía urbana de Las Pedroñeras destacaba la iglesia de la Asunción. No se conocía patrón en la villa, pero había gran devoción por Nuestra Señora del Rosario, "sita en su altar tan antiguo que en tiempos de Pío Quinto ya estaba instituido". Dentro de la población había cuatro ermitas: el Santísimo Cristo de la Humildad, Santa Ana, Santa Lucía y San Sebastián. Además había una capilla a la orilla de la villa y hacia el norte para colocar los pasos de Semana Santa y, doscientos pasos hacia el poniente, la ermita de Santa Catalina mártir.

Las Pedroñeras englobaba en su término dos antiguos despoblados: Robredillo de Záncara y Martín Vieco. Robredillo se mantenía como parroquia con su cura propio para la iglesia bajo la advocación de María Magdalena, si bien residía en Valladolid, era perceptor del beneficio curado de la misma. En Robredillo, además había una ermita de Santo Domingo de la Calzada.

El paisaje rural de Las Pedroñeras estaba dominado por la laguna de Taray, con abundancia de peces y pencas. El término de Las Pedroñeras es recorrido por el río Záncara, que nace en Villarejo de las Peñuelas y desemboca en el Guadiana. En el camino de La Alberca hay puente de piedra y yeso sobre dicho río. En el término del Robredillo y hasta llegar desde Santiago de la Torre muelen siete molinos y un batán; cerca del segundo molino y al pie de un cerro hay una fuente de agua dulce, que sale de dos piedras y derrama en dicho río. Al norte de la villa, y no más allá de ciento cincuenta pasos, hay tres molinos de viento. Hay un monte de mata parda lindante con los términos de Villarrobledo, Las Mesas y El Provencio.

La producción agraria de Las Pedroñeras es la siguiente:

  • 20000 fanegas de trigo
  • 8000 fanegas de cebada
  • 7000 fanegas de centeno
  • 7500 fanegas de avena
  • 120 fanegas de garbanzos
  • 130 fanegas de guijas
  • 20000 arrobas de vino
  • 1500 libras de azafrán tostado
  • 200 arrobas de aceite
BNE, mss. 7298 (h. 564-567)

Tuesday, September 16, 2025

El Pedernoso, según Tomás López (1787)

 El Pedernoso es pueblo del que se ignora su fundación, fue en lo antiguo aldea de Belmonte, tras desgajarse de Alarcón en 1445, hasta que se incorporó a la corona real, recibiéndola don Jorge Manrique, capitán general de la Hermandad de Toledo, el 28 de enero de 1479. Por privilegio de 16 de julio de 1491 se le conceden jurisdicción propia, civil y criminal, como villa de realengo. El pueblo estaba dominado por su iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción y había gran devoción en torno a la ermita de Santa Ana, la patrona, a ochocientos pasos del pueblo.

En 1787, El Pedernoso se mostraba, sobre todo, orgulloso de su producción de azafrán, 420 libras. Destacaba asimismo su real fábrica de salitre, administrada por la Real Hacienda, y con una producción de 800 arrobas de salitre afinado al año. También se producen tejas en cuatro hornos, hasta un total de 50000 tejas al año. El Pedernoso era un pueblo 320 vecinos, unos 1200 o 1300 de habitantes, que vivía un período de esplendor. Mostraba su orgullo por el camino real empedrado que, pasando a dos cuartos de legua, se acababa de construir. Era pueblo sin grandes caudales de aguas, tan sólo el río Caude, que, procedente de Santa María de los Llanos, desembocaba en el río Záncara, en el paraje deominado los prados de Toconcillo. En la confluencia de estos ríos se había construido un puente de piedra, a dos cuartos de legua de la villa. Tan escaso cauce daba para seis molinos y es que la poca escorrentía se aprovechaba al máximo, así el molino de la Fuente aprovechaba los borbotones de agua que saltaban en el centro de aquel terreno

BNE, MSS. 7298 (h. 560-563)

Hay una diferenciación en el concepto de legua, que puede ser de 8000 pasos o 20000 pasos.

Monday, September 8, 2025

BARCHÍN DEL HOYO EN 1786, SEGÚN TOMÁS LÓPEZ

 La villa de Barchín del Hoyo se llama así por estar en un hoyo o barranco, rodeada por todas partes de cerros. No hay memoria de cuando se fundó, pero acredita su antigüedad las ruinas de un castillo que permanecen a distancia de un cuarto de legua del pueblo (Fuente de la Mota), dos piedras de bastante magnitud se trajeron a casa de un vecino del pueblo, para que sirvieran de poyo o asiento. En una de las piedras estaba grabado el dios Priamo, conocida esta deidad por su disforme miembro viril. Asimismo un testero de la iglesia parroquial es de fábrica muy antigua, "que manifiesta haber sido iglesia o castillo de la gentilidad", como también los cimientos y paredones contiguos a la dicha iglesia, "fabricados de aquella mampostería de argamasa, que se encuentra en muchos sitios de España".

Si población es de 218 vecinos, la mayoría labradores y cuadrilleros de cabañas reales, Hay dos casas nobiliarias: los Perea y los Padilla. Hay en esta villa muchas fábricas de vidriado de barro tan singular para cocer al fuego que se vende con mucha facilidad en la ciudad de Cuenca, a pesar de tener muchas alfarerías, y la mayoría es llevado a Talavera de la Reina y otras ciudades del Reino.

Su iglesia está bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción y extramuros hay cuatro ermitas: Arcángel San Miguel, San Roque, Virgen del Espino y San Roque.

Integrado en el corregimiento de San Clemente, tiene treinta vecinos bajo su jurisdicción en el lugar de Valverdejo, los otros cuarenta vecinos están bajo jurisdicción del marqués de Villena., si bien eclesiásticamente todos dependen de Barchín.

Destaca en Barchín, la abundancia de aguas, apenas hay casa en la que no haya un pozo manantial potable y a la superficie de la tierra, siendo habitual que cada casa tenga un huerto, Si bien el agua mejor es la que baja encañada desde la sierra y llega al pueblo, saliendo por un caño de bronce. La agricultura es variada, aunque el cura Julián Nohales Montoya exagera sus excelencias, pues sabemos que el terreno de cultivo está muy limitado por lo accidentado.


BNE, 2798, 109-112

El mayorazgo de los Portero (o de los Herreros)

 Ya vimos como la familia de los Herreros se dividió en dos líneas de sucesión desde muy temprano con dos hijos del patriarca Miguel Sánchez de los Herreros: la línea de Bernardino de los Herreros casado con Inés de Alarcón y la línea de Francisco de los Herreros casado con Elvira Carrasco. A esta primera alianza con la poderosa familia de los Carrasco de Albacete vino un segundo matrimonio del hijo Francisco con María Montoya y, luego, del nieto Jerónimo Carrasco de los Herreros con Jerónima Portero. Es este último matrimonio la base del poder económico de esta línea al heredar los bienes vinculados por la familia conquense de los Portero.

Si Pedro Portero el viejo y su mujer Ana de Moya habían vinculado y mejorado en un tercio y quinto, en 1573, a su hijo Pedro Portero el mozo con las casas, huerta y tinte de la calle Ancha de la capital conquense, este vínculo se irá mejorando con otros bienes. Así, Elvira Portero, hermana de Pedro el viejo y beata de la Orden de San Francisco había legado al vínculo las casas y heredamiento de la villa de Valera de Yuso. Al morir en 1601, estos bienes serán legados por Pedro Portero el joven a su hermana Jerónima Carrasco, de este modo, los bienes del vínculo pasarán a la familia sanclementina de los Herreros, pues Jerónima está casada con Jerónimo Carrasco de los Herreros y luego a su hijo Francisco de los Herreros. Los bienes, además del heredamiento y casas de Valera de Yuso, estarán centrados en torno a lo que hoy sería la calle de los Tintes y la albufera, anejas al río Huécar, lo que nos da una pista sobre las actividades de la familia: y vinculo en el dicho patronazgo una huerta, que yo tengo en la dicha ciudad, junto a las dichas casas y tinte del dicho patronazgo, que llega dende la dicha casa y tinte y hasta la azequia, que viene por las huertas de la Allufera y ansimismo unas casas que yo tengo y poseo en la calle de Carretería de esta dicha ciudad.

La herencia sería recogida por Francisco de los Herreros, consejero del Consejo de Hacienda  de la Contaduría Mayor de Hacienda, que, por testamento, de 18 de enero de 1650, agregó a este vínculo y patronato las tierras, cebadales y casa que la familia poseía en Villar de Cantos, desde el siglo XV, y fundó una memoria y aniversario en la capilla familiar de San Antón de la iglesia de Santiago Apóstol de San Clemente, dotada con diez ducados de un juro que poseía. Francisco de los Herreros será mandado enterrar en esta capilla. El ascenso social de Francisco de los Herreros debe bastante a su matrimonio Luisa Solorzano y a la influencia de su suegro. Al vínculo, Francisco de los Herreros añadía una pequeña casa en Cuenca y un censo de 61 reales de renta anual que poseía en Valparaíso de Arriba. Todos estos bienes constituirá "el mayorazgo de Portero"

Es de destacar estas alianzas de las familias sanclementinas con las burguesía y aristocracia conquense. Así los Villamediana con los Terreros o los Oma con los Conejero.


BNE PORCONES/277(18) 

Clausulas de los vinculos, y mayorazgos, fundados por Pedro Portero el Viejo, Numer.3. Pedro Portero, Numer.5. Francisco Portero, Numer.6. Don Francisco de los Herreros, Numer.11. y otros, sus unidos, y agregados, que vacaron por muerte de Doña Dorotea Sanz de los Herreros, Num. 22. su ultima Possehedora. Poder que dio para testar Pedro Portero el Viejo, Num.3. por Testimonio de Nicolàs de Valençuela, Escrivano Publico, y de el Numero de la Ciudad de Cuenca, en ella à 15. de el mes de Noviembre de el año de 1573




Sunday, September 7, 2025

Casasimarro según Tomás López (1787)

 Casasimarro responde en su nombre a su primer poblador, un fulano Simarro, de quien toma el nombre. Así, lo dice la tradición que ha pasado de padres a hijos. Este fulano Simarro nosotros lo hemos identificado con Fernán Simarro, padre de la constitución jareña, tras la guerra del marquesado. A esta primitiva casa se fueron agregado otras, hasta constituir una aldea, cuya jurisdicción pasará a Villanueva de la Jara en 1481. Con Felipe IV, el año 1653, consigue eximirse de Villanueva de la Jara por escritura de asiento de 19 de mayo. Se le concederá legua y media de término; la nueva villa pagará nueve mil ducados de vellón a pagar en plazos por la exención jurisdiccional y villazgo.

Su población en 1787, era de cuatrocientos cincuenta vecinos, la mayor parte labradores, jornaleros y algunos artesanos.

En lo espiritual estaba agregada a Villanueva de la Jara y era servida por dos tenientes de cura, hasta que el año 1761 se separó y erigió en iglesia parroquial distinta, bajo la advocación de San Juan Evangelista, con el obispo Isidro de Carbajal y Lancaster. Se le agregaron a su distrito religioso diferentes caserías: la Losilla, Casas de Ávila, Casas de Puente Benito (con el santuario de Nuestra Señora de Loreto), casas de Puente del Picazo, y casas de los molinos de los Nuevos y la Juncada. Hay cuatro ermitas, las de la Concepción, Nuestra Señora de las Nieves, San Bartolomé y San Miguel.

La escuela del pueblo de primeras letras es posible a los réditos de los doce mil reales dados por Antonio Fernández Cantos, canónigo lectoral de Cuenca. Hay un pósito o monte de piedad llamado de los Chinchilla. Entre las personas insignes, la sierva de Dios María Jacinta Enguídanos y Cuesta, fallecida en 1786 a los 36 años, con opinión y fama de santidad.

BNE MSS. 7298 (241-245)

MOTILLA DEL PALANCAR, SEGÚN TOMAS LÓPEZ (1787)

 Motilla del Palancar era una villa de setecientos vecinos en 1787. En el pueblo destacaba su iglesia parroquial, bajo la advocación de San Gil Abad, patrón del pueblo. Era iglesia de sólida fábrica, bella, espaciosa y buena arquitectura. Un beneficio curado y otro simple daban para el sustento de un cura y dos tenientes, si bien había otros clérigos para cumplir con las obligaciones mandadas en las diferentes capellanías y un cabildo eclesiástico bajo la advocación de San Pedro, presidido por el cura y con unas obligaciones fijadas en unas constituciones propias. A trescientos pasos al oriente del pueblo, destacaba la ermita de Nuestra Señora Concepción, que atraía la concurrencia y devoción popular. Hay también otras ermitas menores de San Lorenzo y San Cristóbal.

Se nos dice que el pueblo no es antiguo, por lo que su nombre tampoco lo es. Motilla se le hace derivar de Montilla o Montiña, por estar poblado de montes,... una puerilidad sin fundamento, reconocerá el autor de la descripción. Incluso en las constituciones sinodales de 1620, se le da le nombre de Montilla del Palancar, un error de imprenta. No hay memoria de su fundación, tan solo se sabe que el lugar que ocupa su término, antaño era jurisdicción de Alarcón, y que para el cultivo de sus tierras se fabricaron algunas casas para el abrigo de sus colonos, que, creciendo en número, se hizo población y aldea. De Alarcón pasó a ser propiedad del marqués de Villena hasta que se alzó por los Reyes Católicos, que la eximieron e hicieron villa. Sus armas reales estaban estampadas en las salas capitulares de la villa. En 1706 sufre los destrozos de la guerra; el archivo perderá muchos papeles con la historia de la villa.

 El pueblo no lo recorre río, pero el pueblo está dividido por una calle ancha y larga, llamada el Riato y plantada de árboles, olmos y álamos. Una preocupación por la presencia de árboles que se ha extendido a otras calles del pueblo. La mencionada calle del Riato recibe tal nombre, porque en tiempo de crecidas e inundaciones corre por ella el agua, haciéndose precisa una calzada y canalización del agua y un puente de tres ojos. Extramuros y a doscientos pasos hay una rambla de poca profundidad, sin apenas agua, pero que en invierno y tiempo de lluvias va acompañada de crecidas que ha hecho necesario la construcción de un puente de piedra con dos ojos para salvar el camino que de Madrid va a Valencia. No falta agua dulce en el pueblo, proveniente de pozos, destacando uno de ellos, y norias, aunque no hay fuentes, ausencia que se achaca a una mala política de gobierno.

El pueblo, como otros, es azotado por las enfermedades de la época: el tabardillo, dolores pleuríticos y, sobre todo, las tercianas que han afectado a doscientos vecinos. El mal de las tercianas se quiere ver fuera, en los arrieros y traficantes que lo traen al pueblo de otros foráneos, aunque no parece preocupar, pues se ha encontrado buen remedio en la quina. Hay un hospital o casa de piedad, cuyo patrono es el cura, y que acoge a enfermos y transeúntes, también se hace cargo de los entierros de los acogidos, costeados por el cabildo eclesiástico mencionado.

Entre las personas ilustres del pueblo don Dionisio Pérez de Escobosa, obispo de Mondoñedo desde 1662, y don Alonso Portillo y Cardos, canónigo de la iglesia de Toledo a fines del siglo XVII.

Motilla produce de 9000 a 10000 fanegas de trigo y otras 6000 a 7000 para el resto de cereales. Las legumbres de 300 a 400 fanegas. Hay cuatro huertas principales, auxiliadas por norias para el riego. De vino se cogen de veinte a treinta mil arrobas y de aceite de setecientas a ochocientos. Muy extendido está el cultivo de azafrán, muy util al vecindario y del que se recogen dos mil libras en seco o tostado. Las cabezas de ganado no pasan de quinientas a seiscientas cabezas ovinas o caprinas. Por el contrario, hay cantidad de colmenas, que producen doscientas arrobas de miel y ocho de cera.

Las manufacturas son domésticas, para surtido de sus vecinos: lienzos de cáñamo y algún telar de lana de poca consideración. El comercio se aviva en un mercado franco los lunes, aunque es de poca consideración e intercambio de algunos víveres.

Hay una escuela pública de niños para enseñar a leer, escribir y doctrina cristiana y otra escuela de niñas, donde aprenden además costura, sostenida por el cabildo eclesiástico y que acoge y sufraga algunas niñas pobres. El gobierno de la villa viene regido por un alcalde mayor, juez de letras, y veinticuatro regidores perpetuos con procurador síndico general y dos diputados del común. Privilegios, el mencionado mercado franco y los propios y rentas que posee como villa de realengo.


BNE, MSS. 7298 (H. 506-512)