Bernabé González había estudiado gramática en su tierra de origen Motilla del Palancar,; ahora, en 1620, ya llevaba andados dos cursos de artes en la Universidad de Alcalá de Henares. Pero estudiar en Alcalá suponía un sobrecoste para sus padres, Lorencio González e Isabel Resa, que se vieron obligados a cederle un solar cercado con doce pies de olivos y 443 reales de una deuda de Alonso de Perea, 125 reales de otra deuda de Antón López y otros 98 reales de Isabel Gómez y a vender unas propiedades en Santa María del Campo. Poco tenía que ver esta sociedad motillana con la de comienzos de siglo: si en la primera mitad, se levantaban haciendas y patrimonios; desde la segunda mitad, tras la crisis de los años cuarenta, deudas y préstamos a censo provocaban la ruina de esos mismos patrimonios.
Alejada de la tierra, la sociedad motillana procuraba formar
a sus hijos en el oficio público. Bernabé González estudiaba artes y lógica en
la Universidad de Alcalá en los años 1618 y 1619; junto a él otros motillanos
llamados Juan Toledo y Juan García y sus estudios dependían de un cercado de
olivos legado por un tío cura, más preocupado de gozar unas rentas en vida que
de levantar una hacienda agraria.
Destaca la mezcolanza del paisaje agrario y urbano en
Motilla del Palancar. El cercado de olivos estaba integrado en el casco urbano,
lindaba con una calle pública, con unas casas de Benito Martínez Tendero y un
cebadal de Alonso Martínez Parreño. El cultivo de olivares se había extendido
desde mediados de siglo XVI, sustituyendo en el uso culinario a la manteca, pretendiéndose
con su cultivo acabar con la dependencia del aceite procedente de Andalucía y
cuyo comercio se controlaba desde Hellín.
Las disputas por las herencias estaban a la orden del día.
Bernabé González había entrado en pleitos por la herencia de su tío materno, el
clérigo Pedro de Resa, con su tío político llamado Alonso Martínez Parreño, cuñado
de Lorencio, que había compartido con el padre de Bernabé la herencia del clérigo,
correspondiéndole la mitad de las piedras del cercado. El cercado fue dividido
a partes iguales entre los cuñados, pero Alonso quitó las piedras de la cerca
sin contar con la otra parte para ampliar su cebadal: el valor de la piedra
quitada se cuantificaba en doscientos reales. El hecho no solo muestra la falta
de piedra para la edificación en Motilla, sino la desigual apuesta de los cuñados.
Si Lorencio había apostado por los olivos y la propiedad cercada, su cuñado
Alonso lo había hecho por un cebadal, pero su decisión no afectaba solo a sus
intereses, pues al dejar abierto el campo, el olivar no tenía futuro, objeto de
la codicia ajena y de la intromisión de los ganados. Es algo parecido a lo que
ocurrió en San Clemente, donde se decidió a mediados del quinientos plantar un
pie de olivo por cada cuatro viñas. Más allá de la proclividad del suelo para
este cultivo, una vez acabada la vendimia los ganados no respetaban olivos
plantados en medio de los majuelos, desprotegidos de ordenanza alguna, y en
unos años acabaron con este experimento oleícola en la Mancha conquense.
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